Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2004.
Resumen
- 28/06/2004 04:50 - ¿QUÉ SABRÁN LAS POLILLAS?
- 28/06/2004 17:40 - COBARDÍA
- 28/06/2004 04:49 - PERDIDA...
- 28/06/2004 07:56 - NO MÁS QUIERO, QUERER...
- 28/06/2004 05:32 - LAS ALAS SON PARA VOLAR
- 28/06/2004 05:22 - LA TRISTEZA Y LA FURIA
- 29/06/2004 04:19 - Donde el corazón te lleve
- 29/06/2004 04:41 - EL HOGAR
- 29/06/2004 05:04 - NO TE SALVES
¿QUÉ SABRÁN LAS POLILLAS?
Esta es la peor época del año para mí. No ha sido así siempre. Hasta hace siete años más o menos, la llegada del verano solía animarme, revivirme... ahora me angustia. Tengo fobia al mes de junio. Tengo fobia a las polillas. Absurda, claro. Ilógica, desde luego... como todas las fobias. No recuerdo ni siquiera cómo empezó, cómo surgió. Y tratando de explicarlo, de buscarle la razón a mis miedos, he descubierto que las polillas me recuerdan demasiado a mi misma, me veo de pronto identificada con ellas.
Las polillas son la oveja negra de la familia de las mariposas, su vida es gris, completamente gris. Vuelan desordenadas, desorientadas, sin un sentido que guíe sus vidas. Prefieren la noche, la oscuridad, porque en ella se sienten seguras... nadie las ve, nadie las puede asustar amparadas en la noche. Sin embargo, a ratos necesitan una luz que las oriente, aunque sólo sea por un instante. Pero, a veces, torpes como son, se acercan con tanta ansiedad, con tanto anhelo a esa luz, que acaban quemándose. Les gusta la soledad, que nadie las moleste, porque se saben torpes y débiles, infinitamente inferiores al resto de seres que las rodean. Conocen sus limitaciones, pero a veces éstas son precisamente su perdición. Cuando algún desconocido estímulo externo las sorprende, sienten el miedo paralizando sus alas, se quedan quietas, deseando no ser descubiertas, deseando volver a pasar desapercibidas... Su corta vida es una huída permanente. A veces, observándolas de lejos, siempre de lejos, revoloteando enloquecidas, me pregunto sobre todo si están tratando de huir de otros o, más bien, de si mismas...
Me asustan, no soporto la idea de que puedan siquiera rozarme, escapo de ellas y busco refugio en otros. Me asustan pero... soy incapaz de matarlas. Y, ellas, al verme, no escapan, me buscan, me amenazan con su vuelo... ¿tanto saben de mí?
... Me doy miedo.
COBARDÍA

Toda mi vida he sido cobarde. El silencio es mi mentira más grande. No concibo ya mi vida sin silencio… Mirarme hacia dentro, meterme dentro de mí me da miedo. No quiero ver la verdad escondida. No quiero volver a ver el dolor agazapado. Por fuera estoy vacía. Todo queda dentro. Dentro de un alma que siempre espera ya sin esperanza. Se la comió el miedo. La devoró. Todo será siempre de otros, para otros. Para mí sólo quedo yo, siempre he estado yo. Ahora siento (¡cómo duele esta palabra!) que también eso lo están devorando. Por dentro, se lo comen por dentro. Sólo dejan la piel, dura y seca. Y el silencio, la mentira, vuelve a llenarlo todo. Cada rincón de la habitación del cuerpo se llena de silencio. Duele…
A veces, el silencio ha querido gritar. Hace tiempo, el silencio habló y contestó el dolor. Desde entonces, decidieron tomar caminos separados, no volver a mirarse, no volver a escucharse, no volver a sentirse… A partir de ese momento, las palabras, las voces, quedaron dentro, encerradas con llave, dormidas. Para que se desvanecieran poco a poco, sin sentirlo, sin echarlas de menos. Pero a veces, algunas palabras no duermen, tampoco desaparecen. Y el dolor de su encierro provoca al llanto, que escapa de ellas, se aleja y sale fuera. Siempre en soledad, siempre en la oscuridad, donde nadie pueda descubrirlas y sentir pena por ellas. Cuando nadie pueda secarlas, cuando todos duerman, con sus propias palabras también dormidas. Al rato, el frío también las devora a ellas. Y vuelven, a esconderse con las palabras, a ese lugar a salvo de otros menos de sí mismo. Los gritos se quedan dentro, sin aire que los propague, sin oídos cercanos, sin cuerpos donde pueda rebotar su sonido. Sólo el propio, las esquinas sucias del propio cuerpo que los engendra. Su sonido interno se torna ensordecedor de vez en cuando. Como ahora, que no cesa, que no se calma, que no calla… Y después de tantos años quisiera ahora abrir la puerta, dejar que escapen todos, formando alboroto, las palabras, el dolor, los gritos, el llanto, el silencio… Pero el miedo sigue vigilando. Nunca seré libre mientras él siga cerca de mí. Liberarme de mí misma, de mis propias cadenas, de mi propio encierro.
Olvidé las palabras que debían darme la libertad, olvidé cómo pronunciarlas, pero las sigo sintiendo. Quisiera ahora poder sacarlas fuera pero, después de todo, sólo vuelve a salir llanto.
PERDIDA...
Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes... Quiero perderme. El tiempo no lo cura todo, ni cambia el color de mi cristal. Sigo siendo la niña asustada que se acurruca en un rincón oscuro, escondiéndose de la vida. Que no me vea… Si no me viera quizás todo sería distinto. Pero me vigila siempre. Nada es lo suficientemente grande ni lo suficientemente oscuro para que me oculte. Sólo una cosa… Enorme y negra, eternamente oscura. Pero también para ella soy invisible… ni siquiera ella me ve. La llamo, le hago señales, me muestro… pero ella no responde, no mira, no acude. Vuelvo a sentir (¡dios, cuánto tiempo hacía!) que no tengo fuerzas para esperar. Ni siquiera espero ya tener fuerzas. Ni siquiera quiero…
No quiero ni espero nada… ya pedí todo y nada obtuve. Ya esperé todo y nada vino. Ya quise todo y poco quisieron. Ni magia, ni ilusión, ni sueños… vivir en gris agota. Agota aceptar que te ganaron, que tanta lucha no sirvió de nada, que el círculo se cierra de nuevo y tú has quedado encerrada dentro. Diez años más pero el tiempo no ha pasado… de hecho, no ha pasado nada.
Quizás si me pierdo podré saber lo que tenía… Quizás otros lo sepan.
Eternamente oscura…
NO MÁS QUIERO, QUERER...
No más, no quiero más lo que me ofrecen. No quiero más lo que tengo al alcance de mi mano. No quiero más una vida tranquila llena de noches tranquilas. No quiero más lo correcto, lo adecuado. No quiero otros diciendo "sé lo que sientes". No quiero correr hacia atrás. No quiero más "carpe diem". No quiero gritos por dentro y calmas por fuera. No quiero jueves, ni lunes, ni sábados. No quiero tiempos, no quiero más cortinas en los ojos, ni más despertadores. No quiero que me sigan mintiendo, ni me quiero seguir engañando...
Quiero no saber qué comeré mañana, quiero ser yo dentro de otros yos, cerca de otros yos, frente a otros yos. Quiero correr detrás y no delante, quiero respirar hasta hiperventilar, quiero morir cien veces en cien minutos y hacer a otros nacer cien veces en un solo segundo. Quiero volar sin levantar los pies del suelo y gritar sin mover los labios. Quiero estar lejos para sentir mi calor, quiero soñar durmiendo, quiero no tener que querer, quiero escuchar otras vidas, quiero... sin mí.
LAS ALAS SON PARA VOLAR
-Pero yo no sé volar- contestó el hijo.
-Es verdad… - dijo el padre. Y, caminando, lo llevó hasta el borde del abismo de la montaña.
-¿Ves, hijo? Éste es el vacío. Cuando quieras volar vas a venir aquí, vas a tomar aire, vas a saltar al abismo y, extendiendo las alas, volarás.
El hijo dudó.
-¿Y si me caigo?
-Aunque te caigas, no morirás. Sólo te harás algunos rasguños que te harán más fuerte para el siguiente intento- contestó el padre.
El hijo volvió al pueblo a ver a sus amigos, a sus compañeros, aquellos con los que había caminado toda su vida.
Los más estrechos de mente le dijeron: "¿Estás loco? ¿Para qué? Tu padre está medio loco… ¿Para qué necesitas volar? ¿Por qué no te dejas de tonterías? ¿Quién necesita volar?".
Los mejores amigos le aconsejaron: "¿Y si fuera cierto? ¿No será peligroso? ¿Por qué no empiezas despacio? Prueba a tirarte desde una escalera o desde la copa de un árbol. Pero… ¿desde la cima?".
El joven escuchó el consejo de quienes le querían. Subió a la copa de un árbol y, llenándose de coraje, saltó. Desplegó las alas, las agitó en el aire con todas sus fuerzas pero, desgraciadamente, se precipitó a tierra.
Con un gran chichón en la frente, se cruzó con su padre.
-¡Me mentiste! No puedo volar. Lo he probado y ¡mira el golpe que me he dado! No soy como tú. Mis alas sólo son de adorno.
-Hijo mío- dijo el padre -. Para volar, hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen. Es como tirarse en paracaídas: necesitas cierta altura antes de saltar.
Para volar hay que empezar asumiendo riesgos.
Si no quieres, lo mejor quizás sea resignarse y seguir caminando para siempre.
Del libro "Déjame que te cuente". JORGE BUCAY
LA TRISTEZA Y LA FURIA
En un reino mágico donde las cosas no tangibles se vuelven concretas... Había una vez un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...
Hasta aquel estanque mágico y transparente se acercaron la Tristeza y la Furia para bañarse en mutua compañía. Las dos se quitaron sus vestidos y, desnudas, entraron en el estanque.
La Furia, que tenía prisa (como siempre le ocurre a la Furia), urgida -sin saber por qué-, se bañó rápidamente y, más rápidamente aún, salió del agua.
Pero la Furia es ciega o, por lo menos, no distingue claramente la realidad. Así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, el primer vestido que encontró.
Y sucedió que aquel vestido no era el suyo, sino el de la Tristeza. Y así, vestida de Tristeza, la Furia se fue.
Muy calmada, muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la Tristeza terminó su baño y, sin ninguna prisa -o, mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo-, con pereza y lentamente, salió del estanque. En la orilla se dio cuenta de que su ropa ya no estaba. Como sabemos, si hay algo que a la Tristeza no le gusta es quedar al desnudo. Así que se puso la única ropa que había junto al estanque: el vestido de la Furia.
Cuentan que, desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la Furia, ciega, cruel, terrible y enfadada. Pero si nos damos tiempo para mirar bien, nos damos cuenta de que esta Furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la Furia, en realidad, está escondida la Tristeza.
Del libro "Cuentos para pensar". JORGE BUCAY
Donde el corazón te lleve
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"¿Lo odiaba? No; te parecerá extraño, pero no lograba odiarlo. Para odiar a alguien es necesario que te hiera, que te haga daño. Augusto no me hacía nada, ésa era la cuestión. Es más fácil morirse de nada que de dolor: una puede rebelarse ante el dolor; ante la nada, no"
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"Si la vida tiene un sentido -te dirá la voz-, ese sentido es la muerte, todas las demás cosas sencillamente giran alrededor de ella. Vaya descubrimiento (...), que hemos de morir lo sabe hasta el último de los hombres. Es cierto, con el pensamiento lo sabemos todos, pero saberlo con el pensamiento es una cosa y saberlo con el corazón es otra completamente distinta".
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"Y luego, cuando ante ti se abran muchos caminos y no sepas cuál recorrer, no te metas en uno cualquiera al azar: siéntate y aguarda. Respira con la confiada profundidad con que respiraste el día que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga: aguarda y aguarda más aún. Quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón. Y cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve"
"Donde el corazón te lleve". SUSANNA TAMARO
EL HOGAR
-¿No estás contenta? Ese tren nos llevará a casa.
-Y entonces, ¿qué pasará?
-Entonces ya estaremos en casa.
-¿Qué significa estar en casa? -preguntó la niña.
-El lugar donde vivíamos antes.
-¿Y qué hay allí?
-¿Te acuerdas todavía de tu osito? Quizás encontremos también tus muñecas.
-Mamá, ¿en casa también hay centinelas?
-No, allí no hay.
-Entonces, de allí... ¿se podrá escapar?
De ISTVÁN ÖRKÉNY. En "Ojos de Aguja. Antología de Microcuentos".
NO TE SALVES
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca.
.
No te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer lo párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.
.
Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el jubilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo
MARIO BENEDETTI

















