ÚLTIMOS TRENES
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Ilustración: Escada (Vieira Da Silva)
Mi madre siempre me cuenta anécdotas de mis abuelos Huertas y Francisco, sus padres. Murieron cuando yo tenía meses. Primero murió ella, por un derrame y dos meses más tarde, le siguió él, por pena. Eso al menos dijeron los médicos. No había ninguna razón orgánica para que muriera. Y mi madre cuenta que, desde que murió la abuela, él dejó de hablar, de sonreír, de gruñir... Pasaba las horas recostado en un sofá y, de vez en cuando, miraba hacia un cuadro que tenía en frente y decía en voz queda: "Ya voy, Huertas, ya voy...". Y un día fue. Y dejó de vivir. De ellos sólo me han quedado recuerdos de otros que los comparten conmigo. Todos coinciden: mi abuela era una mujer inteligente, viva, con un suave tono irónico a veces, tierna, madraza, paciente; mi abuelo, el clásico "duro blando", gruñón por fuera y muy sensible por dentro. ¡He sentido tanto su falta siempre! Quizás parezca extraño, pero les echo de menos. A ellos y a mi abuelo paterno, Juan, que murió antes de haber podido nacer yo. Del abuelo Juan me cuentan que era muy inteligente y culto, maestro de escuela, serio, buen conversador, con un cáracter muy fuerte, generoso y tozudo. Hace poco, mi madre encontró un pequeño cuaderno suyo donde, a modo de diario, tenía escritas algunas páginas. Hablaban del amor, de la amistad, de las desilusiones, de las esperanzas... Tocar y leer aquellas palabras escritas por él me hizo llorar. Las releí varias veces y no pude esconder una sonrisa ante algunas ideas que ahora resultan tan anticuadas.
Esta tarde me llamó mi madre para contarme que mi abuela Paz ha muerto esta noche. Me sorprendí, pero las dos estuvimos comentando la noticia como quien habla del tiempo o de la lista de la compra. Lo he sentido por mi padre y, de alguna manera, también por mí. Por ella incluso. Creo que en treinta años habré visto a mi abuela diez veces, más o menos las mismas que he debido hablar con ella. De ella me cuentan que ha sido siempre tremendamente egoísta, fría, desapegada, oportunista y convenida. Tenía diecinueve nietos a los que apenas conocía. Cuando la visitábamos ponía mala cara si los niños (sus nietos) hacían ruido, corrían o jugaban. Así que aprendí desde pequeña que la abuela Paz era una señora a la que yo le estorbaba.
Toda la vida he sentido envidia de los amigos que contaban cosas de abuelos, que traían regalos de abuelos, que eran recogidos en el colegio por abuelos, que pasaban fines de semana con abuelos... Y le pedía a mi madre que me hablara de ellos y buscaba sus fotos. Y le preguntaba a mi madre si me parecía en algo a alguno y respiraba aliviada cuando me decía que a la abuela Huertas en la ironía y la ternura y al abuelo Juan en la capacidad para escribir y en lo tozuda. Ahora guardo como oro una vieja plancha de carbón de mi abuela y el cuaderno de mi abuelo. Porque no tengo más recuerdos de ellos que los que otros me regalan. Y hoy perdí la última oportunidad de conseguir alguno propio.
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Autor: David_Doherty
Fecha: 15/03/2005 01:29.
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Autor: anonimo
Fecha: 15/03/2005 11:53.
Autor: trufa
Un saludo!
Fecha: 24/03/2005 21:19.
Autor: TOM
Con tu permiso y citándote, cuelgo este post en mi blog...porque el recuerdo es lo único que tengo de ella ahora.
Gracias.
Si no quieres ver tu post en otro blog sólo has de decírmelo y lo saco en cuanto pueda.
Saludos
Fecha: 29/03/2005 00:15.
Autor: Luces-D-Bohemia
Tom: Aprovecha cada momento que tengas con Ana, aunque sea en la distancia y empápate de todo lo que ella te pueda dar. Hay trenes que luego no vuelven a pasar... Ánimo y gracias por tu comentario.
Fecha: 29/03/2005 01:41.

















