SANGRE DE MI SANGRE

Todos los que me conocen coinciden en que soy físicamente igual que mi madre. Y lo cierto es que comparando alguna vez fotos de las dos de pequeñas el parecido es asombroso. Siempre he tenido con ella una conexión especial, como si nunca hubieran llegado a cortarnos el cordón umbilical. Mirándonos a los ojos sabemos lo que estamos pensando o sintiendo.
Sin embargo, en el carácter aún hoy no tengo claro a quién me parezco. Quizás sea un cóctel de mi madre y de mi padre. Aunque mi madre siempre dice que me parezco más a mi padre. Y mi padre duele…
Con él siempre he tenido una relación difícil, llena de abrazos y reproches en la misma medida. No tiene nada de especial, hay cientos de historias como la mía, pero siempre me ha dolido saber que mi padre morirá sin habernos llegado a entender. Dice mi madre que, de sus cuatro hijos, yo soy su "ojito derecho". Y yo nunca lo he entendido. Porque él siempre me ha exigido más a mí que al resto, siempre ha discutido más conmigo, siempre me ha hecho más reproches que a nadie… Y yo no entiendo esa forma de cariño. Con él siempre he tenido la sensación permanente de estar fallándole, de no hacer las cosas como él quisiera, de no ser tan inteligente como él esperaba, de no ser tan "convencional" como él deseaba.
En mis años adolescentes (como casi siempre) empecé a descubrir que mi padre era un hombre con fallos, con ideas distintas a las mías y con una forma de ver las cosas que yo no compartía… pero que respetaba. Sin embargo, siempre tuve la sensación de que él no respetó nunca mi libertad para pensar, sentir y vivir. En cuanto podía, sacaba su genio, sus voces e imponía su criterio. Y no había más que hablar.
Cuando le conté mi decisión de estudiar una carrera de Letras noté una cierta decepción en su mirada. Y me hizo recordar las tardes que pasé en mi infancia llorando después de una "clase particular" de matemáticas impartida por él. Yo no entendía nada de números, ecuaciones, raíces cuadradas y todos esos símbolos sin sentido y él adora las ciencias y las considera la base de cualquier otro conocimiento. Así que lloraba porque sabía que nunca sería tan inteligente como mi padre quería. Y me sentía tonta, la más tonta del mundo y la hija más inútil.
Desde muy joven he tratado de explicarle de mil maneras distintas cómo soy, cómo siento y cómo pienso. Y creo que, a día de hoy, aún no me ha escuchado. Nuestra comunicación siempre es unidireccional, no tengo interlocutor, soy una humilde oyente de sus eternos monólogos. Esto me enfurecía cuando era más joven, lo que provocaba tremendas discusiones donde la que más sufría era mi madre.
Tras una de esas discusiones tomé la decisión de abandonar la casa. Hice la maleta esa misma noche, aunque tardé un mes en encontrar piso. Durante ese mes y los dos siguientes estuvimos sin hablarnos. Yo estaba más dolida que nunca, las cosas que nos dijimos aquella noche fueron las más duras y no pasaba un solo día en que el recuerdo de aquellas palabras no me quemara en lo más hondo. Sin embargo, fue en ese tiempo cuando empecé a notar un cambio en él. O quizás no fue un cambio, simplemente empecé a ver lo que antes no había visto. Fue en ese tiempo cuando comencé a entenderle de alguna manera. Mi padre no me hablaba, pero en su gesto no había orgullo, ni rabia, ni resentimiento, ni terquedad como hasta entonces siempre había creído ver. En su gesto vi tristeza, impotencia, dolor y arrepentimiento. Pero, sobre todo, mucha tristeza… Aún así, nunca hubo un "lo siento", "perdona" ni nada parecido…
Hace tres años que vivo fuera de su casa y desde entonces sólo hemos vuelto a discutir dos veces. Y en las dos ocasiones, he notado que mi padre "reculaba", trataba de no perder "su sitio", pero a la vez quería que la discusión terminara. Desde entonces, la tristeza no se ha ido de los ojos de mi padre. Y cada vez la noto más honda, más arraigada, más profunda… Pero jamás hablará a nadie de cómo se siente, de qué le hace daño, de por qué sufre. Y yo sé que algún día morirá y no me lo habrá dicho. Y hoy sé, también, que esos ojos tristes han estado ahí siempre, desde que era niña.
Mi padre me ha enseñado que la comunicación a veces es una discapacidad. A veces, confundimos "no querer" con "no saber". Y no hay nada en el mundo más doloroso que el no saber comunicarse.
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Autor: Otro
Fecha: 07/06/2005 07:50.
Autor: MaM-oNa
Besos.
Fecha: 07/06/2005 11:49.

















