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Resumen
- 03/03/2005 07:11 - PEQUEÑA, PALIDA Y ENMARAÑADA
- 06/03/2005 06:21 - MÁS O MENOS, DIGO YO, PERO NO SÉ
- 07/03/2005 06:53 - GUETOS DE CONCIENCIA
- 13/03/2005 02:02 - FEBRIL
- 14/03/2005 04:43 - ÚLTIMOS TRENES
- 28/03/2005 06:09 - A SOLAS
03/03/2005
PEQUEÑA, PALIDA Y ENMARAÑADA

Hoy tendré pesadillas. Empiezo a confundir...
Ya no sé si la percepción que tengo de mi vida es real, si lo que creo sentir existe, si yo soy en realidad lo que percibo. Mi herramienta de trabajo es la ficción, cada día se me exige que convierta una parcela de realidad en algo ficticio. Y hoy, de pronto, pensé si no seré en el fondo un producto más de mi trabajo. De pronto sentí que todo lo que me rodeaba era mentira, que todo estaba lleno de falsos adornos, que es tan frágil lo real que con un leve roce de imaginación puede dejar de existir.
A veces, cuando me aparto del mundo y me vacío, me veo a mí misma a lo lejos, me observo arañando futuros y desenredando pasados, buscando en la basura la costra de mis cicatrices y comprobando, una vez más, que la caja donde guardo el alma sigue cerrada. Nadie la ha violado. Sigue siendo pequeña, pálida y enmarañada. O así es como yo la veo. ¿O es así como yo la inventé? Y si fue invención, ¿por qué hacerla tan pequeña, pálida y enmarañada? ¿Me pagan por hacer de lo feo algo bello, de lo oscuro algo con luz y no soy capaz de hacerlo gratis por mí?
Sigo viéndome a lo lejos. Aún ando buscando costras en la basura...
06/03/2005
MÁS O MENOS, DIGO YO, PERO NO SÉ

Ilustración: Newspapers (G. Prestopino)
Hoy todo es distinto. Hoy quiero rebeldía e inconformismo, porque eso es lo que antes me movía y lo que siempre me ha hecho saber que sigo viviendo. Y hoy, quiero seguir viviendo. Porque ya me he cansado de luchar contra mí, de golpearme en la misma pared, de alimentarme del mismo veneno y de caer de nuevo rendida a mis pies. Hoy quiero rebelarme contra los que de verdad me han hecho esto, contra los que me han metido en esta espiral, contra los que me venden que la única felicidad posible es la que ellos han creado. Y yo quiero ser feliz a mi manera, con mis pequeñas cosas, con mis altibajos, con mis sueños imposibles, con mi realidad... Basta ya de engaños y de trampas. Ya he caído en las vuestras y ahora estoy saliendo.
Ha sido C. quien ha hecho que suene la alarma dentro de mí. Hablando por teléfono le he preguntado: "¿Tú qué entiendes por ser feliz?". Al principio, le ha costado contestar, pero después me ha dicho: "Supongo que será tener estabilidad económica, laboral y personal, más o menos, digo yo, pero no sé...". O sea, supongo que C. se refiere a tener suficiente dinero como para poder pagar una hipoteca o alquiler, las letras del coche, además de cumplir con Hacienda fiel y sumisamente, supongo también que se refiere a tener un contrato fijo y esas cosas, en una empresa donde odiamos al jefe, los horarios de trabajo, el sueldo de mierda que nos pagan (pero, ¡¡eh!! ¿qué quieres? es un trabajo fijo) y, por encima de todo, donde odiamos lo que hacemos. Supongo que C. también se refiere a encontrar un novio, marido, pareja o compañero sentimental antes de los treinta a ser posible (ya vamos con retraso) porque si no, corremos el riesgo de que nos tachen de solteronas o, por el contrario, "ligeritas de cascos" (¿cómo van a respetar los hombres a una chica como ésa?), para poder tener hijos cuanto antes (que si no, se "pasa el arroz") y convertirnos en una familia ejemplar de cara a la galería (tu padre se llevaría un disgusto tremendo si te separas), en la que los cuernos, la insatisfacción y la rutina se dejan en casa y, a ser posible, sin barrer. Supongo que a eso se refería C., más o menos, digo yo, pero no sé...
Sin embargo, yo supongo que nos han lavado el cerebro, que lo llevan haciendo siglos, entre los líderes políticos, religiosos, educativos, culturales, mediáticos... Porque el fin de todos ellos es que nunca alcancemos la felicidad que ellos han inventado. Me paso el día mirando (afortunadamente, sin llegar a ver) anuncios sobre coches, perfumes, alimentos dietéticos, joyas, etc, etc, etc. Todos te venden el mismo concepto: si quieres ser feliz tienes que tener el mejor coche, el perfume más caro, el cuerpo más perfecto y muuucho dinero. Sin eso, lo siento, queda denegada tu petición de ingresar en la sociedad. Pero todo esto no son más que aspectos materiales. Todo eso, sin una firmeza de convicciones, de creencias y de cultura no sirve de mucho. Tienes que posicionarte políticamente, "ser" de algún partido. No importa de cuál, aunque sea "ése" con el que más de acuerdo estés, él nunca lo estará contigo. Tienes también que ser humilde y reconocer que todo este invento de la Humanidad no se le ocurrió a alguien como tú. Hay un ser mucho más sabio y todopoderoso que lo hizo y al que, por agradecimiento, debemos venerar. Es invisible, pero está en todas partes, es omnipotente, pero no puede impedir las injusticias, puedes hablar con él porque él te escucha siempre, aunque haya otros muchos millones de personas que le estén también hablando en ese mismo momento y aunque él nunca responda. Aún así, no debes dejar de creer en él y no debes jamás de llevarle la contraria, porque a eso, lo hemos llamado "pecado". Y el pecado te lleva al infierno, un sitio donde hay un hombre rojo con cuernos y rabo que siempre lleva un tridente... Pero a mí, es curioso, nada me da más miedo que un cura hablando del pecado.
Y si toda esta carga no fuera ya suficiente, aún queda algo más: hay que tener cultura, porque sin cultura nadie te valora. Y yo me pregunto: ¿cómo se "tiene" la cultura? ¿dónde la venden? ¿o acaso la rifan? Y además ¿quién me tasa o me valora si mi cultura es más cara que la de mi vecino? ¿y si es más cara y vale mucho, a quién puedo vendérsela? Porque habrá que hacer negocio con ella, digo yo, si no, ¿por qué es tan importante "tenerla"? Yo no sé si leer mucho, tener una carrera universitaria, visitar museos y leer filosofía ayudará a tener cultura, pero mi amigo R., ex delincuente, ex preso y ex heroinómano no ha hecho nada de esto y a mí me regala constantemente mucha cultura. Yo le digo que se la guarde o que la venda para sacar un dinerillo, pero él me dice que nadie la quiere. Y me dice que nunca la marihuana le supo tan bien como cuando la comparte conmigo. Eres una pija rara y te quiero sobre todo por eso.
Hoy quiero volver a ser feliz. Como antes. A mi manera. Con mis cosas que no son como las de los otros. Nadando lejos de la orilla. Durmiendo de día. Porque de noche prefiero escribir. Comiendo a las siete de la tarde. Porque sí, porque a las dos no tengo hambre. Quiero volver a ser feliz sólo porque ellos no quieren que lo sea y porque me encanta escuchar a R. mientras fumo marihuana.
07/03/2005
GUETOS DE CONCIENCIA
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Ilustración: Landscape (M. de Vlaminck)
Hace ya tiempo que no voy a Las Barranquillas. Desde que R. se mudó a Castellón porque el aire de allí es mejor para sus pulmones, no he vuelto a ir. Porque, para qué engañarnos, sola jamás iría. Por miedo, básicamente. Pero también porque con R. es distinto. Él me explica, me enseña, me cuenta, me avisa. Y con él mis ojos pueden, de alguna manera, entender el horror de lo que ven. Él conoce aquello al dedillo, fueron años en los que era su segunda casa. Ahora la visita mucho menos y por distintos motivos. Afortunadamente.
Aún recuerdo el primer día que me llevó. Yo apenas sabía muy bien dónde me metía. Me sonaba el nombre porque se había hablado mucho de él en los periódicos. Unos criticaban que existieran sitios como aquél, macrosupermercados de la droga, tan cerca de viviendas de "gente de bien". Otros alababan la gestión del Ayuntamiento (¿o era la Comunidad de Madrid?) al haber creado un lugar donde meter a tanto indeseable. Y cuando llegamos, R. empezó a contarme. Él siempre dice las cosas como si no tuvieran importancia, como si lo que hablara no tuviera ningún valor, como si fueran ideas fortuitas, sin pulir, que le salen de la boca. Lo primero que hizo fue cerrar los pestillos del coche. En realidad, me pareció más bien un acto reflejo que una forma de protección. Porque lo que caminaba a ambos lados del coche eran cadáveres, apenas recuerdos de una figura humana en otros tiempos. Sabía que ninguno de aquellos seres tenía suficiente fuerza como para hacernos daño. Vi varios montones de huesos con las jeringuillas colgando del brazo y el instinto de supervivencia tirado por los suelos. Algunos levantaban la vista cuando pasaba el coche y su mirada se perdía a través de los cristales. Aquellos pestillos bajados no impedían que sus ojos me rozasen. De fondo, la voz serena de R. contandome recuerdos mezclados con advertencias. Yo no quería contestarle, no quería hablar. Sólo quería meterme en esos ojos y buscar una respuesta.
Al fondo, un mocoso lleno de mugre nos miraba fijamente. No tendría más de siete años. Y pensé: "¿cómo pueden permitir que un crío corra descalzo por esta zona?". Y R., como si me hubiera escuchado el pensamiento, me dijo: "Esos gitanillos son los peores. Dan el agua cuando vienen los maderos o algún coche nuevo que nunca han visto. El mío ya lo conocen, no hay problema". Pasamos junto a él y el mocoso se me quedó mirando con una sonrisa altanera, como queriendo decirme quizás: "a ti no te conozco, pero te perdono la vida".
Aparcamos y R. esperó a que yo bajara para ir a mi lado. Entramos en una chabola y otros cuatro cadáveres nos recibieron con sus miradas. Al fondo, una sala vacía, con una mesa en el centro y un hombre gordo, lleno de oro, sentado tras ella. Su pequeña exposición de mercancía ocupaba el centro de la mesa. R. lo saludó y empezaron a charlar en voz baja. Yo, discretamente, me quedé junto a la puerta. De pronto, algo empezó a tirar de mi poncho. Pensé que algún cadáver se aferraba a mí buscando robarme algo de vida. Pero no era así. Un pequeño macaco con collar y atado por una cuerda a la puerta había decidido almorzarse mi poncho. La escena, de lo más surrealista. Los ricos son así. Unos se compran mansiones y yates y otros se llenan de oro y tienen monos por mascotas. Cualquier cosa que los otros no tengan, eso es lo que marca la diferencia entre ricos y pobres. Y allí, en el poblado, sólo aquel hombre podía tener un macaco. R. no tardó más de cinco minutos, justo el tiempo que tardó aquel bicho en cansarse de mi poncho. Al salir, le vi una papelina en la mano. Antes de poder preguntarle, se nos acercó un hombre. Pensé que se caería sobre nosotros porque apenas podía mantenerse en pie. R. le saludó y me presentó. Pensaba darle la mano pero él se limitó a mirarme con esos ojos vacíos y dedicarme una tímida sonrisa completamente desdentada. Mientras charlaban me di cuenta de que el mocoso lleno de mugre seguía observándome, pero esta vez una mujer (quizás su madre) también me miraba. Supongo que el niño ya habría informado de las novedades. R. me dijo: "Vámonos ya" y, al mirarle, vi que le pasaba la papelina al hombre con el que estábamos hablando. Nos despedimos y volvimos al coche. Sólo cuando ya estábamos fuera le pregunté a R. por qué le había comprado droga a aquel hombre. R., como siempre, con su tono sereno me dijo: "¿Te fijaste en sus manos y su cara?". Le dije que sí, aunque no sabía qué quería decirme. Y continuó: "Está hinchado. Y eso es mala señal. La palma en dos meses como mucho. Ya no tiene fuerzas, apenas podía hablar. No quiero que le atropelle un coche cuando vaya a pillar".
Quizás suene raro, pero R. lo único que hizo fue velar por su dignidad. Le quedaban dos meses de vida, era un heroinómano más, un desecho, un ser inútil e incómodo para la sociedad. A pesar de eso, o quizás por eso mismo, es más digno acabar de matarse uno mismo que dejar que otros lo hagan y encima ni siquiera les remueva la conciencia. Quizás en algún momento, en un pasado, buscaron ayuda de otros y fueron atropellados. Quizás nadie miró sus ojos buscando una respuesta. Quizás otros pensaron que construyendo un gueto para ellos, donde nadie pudiera mirarse en sus ojos, lavarían sus conciencias y serían alabados por ello. Pues parece que acertaron.
13/03/2005
FEBRIL

Suena Antonio Vega de fondo y me arde la frente. No recuerdo haber tenido fiebre desde que era pequeña. Tampoco escuchaba a Antonio Vega desde hacía muchos meses. Me hacía daño. No sé bien por qué, pero lloraba cada vez que lo escuchaba así que, inconscientemente, lo cambié por ritmos brasileños y africanos, y por la guitarra del Niño Josele y Paco de Lucía. De vez en cuando me hacía también acompañar por la voz de Mercé, que me trasmitía fuerza y cierto buen humor.
No sé vivir sin música a mi alrededor. Y estos meses, ha tenido más presencia que nunca. Porque cuando las palabras de otros no llenan tu silencio, sólo la música es capaz de hablar tu propio lenguaje. Cuando miras desde abajo todo te parece mucho más grande, como en un permanente contrapicado, y no encuentras la fuerza ni el momento para enfrentarte a lo que ves. Y ahí, sólo la música permanece adimensional e intemporal. No es causa ni efecto de lo que te ocurre, pero te acompaña en tus estados de ánimo. Cubre ese silencio que ninguna otra cosa llena, pero que tampoco quieres dejar totalmente al descubierto. Hace que tus pisadas no suenen huecas y oculta el sonido del llanto. Sin música, el sonido del silencio es terriblemente ensordecedor.
Hoy están cambiando muchas cosas. Tengo fiebre y de nuevo suena Antonio Vega...
14/03/2005
ÚLTIMOS TRENES
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Ilustración: Escada (Vieira Da Silva)
Mi madre siempre me cuenta anécdotas de mis abuelos Huertas y Francisco, sus padres. Murieron cuando yo tenía meses. Primero murió ella, por un derrame y dos meses más tarde, le siguió él, por pena. Eso al menos dijeron los médicos. No había ninguna razón orgánica para que muriera. Y mi madre cuenta que, desde que murió la abuela, él dejó de hablar, de sonreír, de gruñir... Pasaba las horas recostado en un sofá y, de vez en cuando, miraba hacia un cuadro que tenía en frente y decía en voz queda: "Ya voy, Huertas, ya voy...". Y un día fue. Y dejó de vivir. De ellos sólo me han quedado recuerdos de otros que los comparten conmigo. Todos coinciden: mi abuela era una mujer inteligente, viva, con un suave tono irónico a veces, tierna, madraza, paciente; mi abuelo, el clásico "duro blando", gruñón por fuera y muy sensible por dentro. ¡He sentido tanto su falta siempre! Quizás parezca extraño, pero les echo de menos. A ellos y a mi abuelo paterno, Juan, que murió antes de haber podido nacer yo. Del abuelo Juan me cuentan que era muy inteligente y culto, maestro de escuela, serio, buen conversador, con un cáracter muy fuerte, generoso y tozudo. Hace poco, mi madre encontró un pequeño cuaderno suyo donde, a modo de diario, tenía escritas algunas páginas. Hablaban del amor, de la amistad, de las desilusiones, de las esperanzas... Tocar y leer aquellas palabras escritas por él me hizo llorar. Las releí varias veces y no pude esconder una sonrisa ante algunas ideas que ahora resultan tan anticuadas.
Esta tarde me llamó mi madre para contarme que mi abuela Paz ha muerto esta noche. Me sorprendí, pero las dos estuvimos comentando la noticia como quien habla del tiempo o de la lista de la compra. Lo he sentido por mi padre y, de alguna manera, también por mí. Por ella incluso. Creo que en treinta años habré visto a mi abuela diez veces, más o menos las mismas que he debido hablar con ella. De ella me cuentan que ha sido siempre tremendamente egoísta, fría, desapegada, oportunista y convenida. Tenía diecinueve nietos a los que apenas conocía. Cuando la visitábamos ponía mala cara si los niños (sus nietos) hacían ruido, corrían o jugaban. Así que aprendí desde pequeña que la abuela Paz era una señora a la que yo le estorbaba.
Toda la vida he sentido envidia de los amigos que contaban cosas de abuelos, que traían regalos de abuelos, que eran recogidos en el colegio por abuelos, que pasaban fines de semana con abuelos... Y le pedía a mi madre que me hablara de ellos y buscaba sus fotos. Y le preguntaba a mi madre si me parecía en algo a alguno y respiraba aliviada cuando me decía que a la abuela Huertas en la ironía y la ternura y al abuelo Juan en la capacidad para escribir y en lo tozuda. Ahora guardo como oro una vieja plancha de carbón de mi abuela y el cuaderno de mi abuelo. Porque no tengo más recuerdos de ellos que los que otros me regalan. Y hoy perdí la última oportunidad de conseguir alguno propio.
28/03/2005
A SOLAS
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Ilustración: Una Historia (Rosa M. Medina)
En el fondo, todos somos soledades. Brazos que buscan abrazar, labios que buscan besar, cuerpos que buscan huecos que rellenar. Sobre todo eso: huecos...
Era tu soledad la que el otro día durmió conmigo. La que me besó y me acarició. Era ella la que buscaba el calor de mi cuerpo y los abrazos, la que me miraba desde esos ojos de niño. Por eso no quería mirarte. Porque me devoraba tu soledad... Porque la sentía rozándome la piel con cada beso, acariciándome la espalda, atrapándome entre tus brazos. Pero no quise irme, no quise dejarte solo con ella. Yo sabía que esa noche tú querías dormir conmigo y no con ella. Sabía que necesitabas que te llenara su hueco. Por un momento, dudé. No quería que todo volviera a empezar. Pero entonces, tu soledad me cogió de la mano y dejé que se encontrara con la mía...

















