Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2006.
Resumen
- 01/06/2006 03:53 - NO HAY DIFERENCIA
- 05/06/2006 04:33 - BALCÓN AL ALMA
- 12/06/2006 03:29 - DE VERDAD QUE NO LO SÉ
- 17/06/2006 01:45 - EL SILENCIO DE UNA AUSENCIA
- 22/06/2006 01:30 - NO QUIERO SOÑARTE
- 27/06/2006 13:54 - VOLVERÍA PARA VOLVER
01/06/2006
NO HAY DIFERENCIA

Ilustración: Una Furtiva Lágrima II (Nicoletta Tomas)
A veces se llega demasiado tarde. A veces, el miedo nos retrasa, nos paraliza y nos impide pensar con claridad. A veces, cuando llego tarde, me pregunto cuánto tiempo he perdido buscando el valor para iniciar el camino. Y me doy cuenta de que siempre tardo menos en cobijarme bajo la excusa del miedo.
Ahora pienso en mis fallos con calma, intentando aprender de nuevo de los errores. Pero me miro al espejo y siento que ya soy demasiado mayor para volver a estudiar. Esta noche sólo una cosa tengo clara: ya no sé querer. Y tampoco quiero. Primero aprendí a no quererme y, poco a poco, olvidé querer. Después, sin darme cuenta, a base de gestos inconscientes y temores tamizados, le enseñé a él a no quererme. A ellos. Da igual. No hay diferencia… Todos son soledades idénticas. Vacíos que arañan el frágil cristal de la autoestima. Todo se viene abajo de golpe con una simple palabra o con un complejo silencio. Da igual. No hay diferencia. Suenan igual sus palabras y sus silencios. O no suenan. Las paredes de mi abismo amortiguan el sonido. Y se tragan el eco antes de que surja…
Aún no sé si se ha marchado o todavía se está yendo. Es él quien se mueve alrededor de mi quietud, el que deja las puertas entornadas, el que pone y quita los pequeños instantes en mi vida. Y yo, mientras tanto, tan sólo observo de reojo sus movimientos. Para atraparlos. O para esquivarlos. Da igual. No hay diferencia. Sólo soy el sol. Él es la Tierra.
Los pequeños instantes…
Las miradas, las caricias, los besos, la ternura, los abrazos, los silencios, la penumbra, la complicidad, las sonrisas.
Los recuerdos… ¿dónde se guardan los recuerdos para poder olvidarlos?
05/06/2006
BALCÓN AL ALMA

Foto: Autorretrato en B/N (Luces-D-Bohemia)
Tenía sólo seis años cuando descubrí el valor de las miradas. Acababa de cometer una de mis muchas trastadas y mi madre vino a pedirme explicaciones. Una vez más, como siempre, eché mano de mi desbordada imaginación para inventar una historia que explicara mis actos infantiles y me librara del castigo materno. Mi madre guardó silencio mientras yo mentía, pero su ceja izquierda empezó a arquearse poco a poco. Conocía muy bien ese gesto y nunca era el preludio de algo bueno. De pronto, me cortó tajantemente: “Ya basta. Deja de mentirme”. Y yo, con el registro más tierno que pude encontrar entre mis cuerdas vocales, le contesté: “Es verdad, mamá. Nunca me crees”. Y ella, mientras terminaba de maquillarse las pestañas frente al espejo, me dijo: “Se te ve en los ojos cuando mientes”. Y terminó como siempre terminaban esas pequeñas batallas materno-filiales. Con victoria para mi madre.
Aquella frase se me quedó tan grabada que mi madre cuenta que poco tiempo después, en un nuevo enfrentamiento con ella, estuve hablándole con los ojos cerrados todo el tiempo. Y aunque, por supuesto, no conseguí tampoco que me creyera, al menos sí le arranqué una sonrisa.
Después, pasados los años, han sido muchas las personas que me han dicho que hablo con los ojos. Que mi alma está expuesta al mundo entero sin pudor alguno y que llevo tatuados mis sentimientos en las pupilas.
Las personas que me conocen bien saben distinguir mis estados de ánimo al primer vistazo y aquellas que no me conocen suelen decir que les confunde mi mirada. “Nunca sé si me estás queriendo o me estás odiando, eso es lo que me pasa cuando te miro a los ojos”, me dijo P. el día que decidió dejarme, hace ya diez años. Y yo no lloré. Porque eso era exactamente lo que me ocurría con él.
El chico con el perdí la virginidad me dijo al despedirse de mí, al final del verano: “Seguramente me acabaré olvidando de tu nombre, pero me acordaré siempre de tus ojos”. Tampoco yo recuerdo ya su nombre. Pero eran verdes…
La única vez que mi padre me pegó un bofetón fue por una mirada. “No me vuelvas a mirar así jamás. Escupes odio por esos ojos”… Y no volví a hacerlo jamás.
Me despidieron de mi segundo trabajo por una mirada. El presentador del programa, endiosado por su fama, hacía y deshacía el trabajo de todo un equipo sin respetos ni miramientos. Me advirtieron el primer día que lo único que no debía hacer nunca era enfrentarme a él. Lo intenté. Pero cuando tiró por tierra en dos minutos el trabajo de toda una semana, por un simple capricho, me trepó la indignación a los ojos. “¿Y a ti qué coño te pasa para que me mires de esa manera?”. Dos días después estaba despedida. Y me fui sin mirar atrás.
Con mi hermano D. aprendí a comunicarme a base de miradas. Ahora tiene mucho más lenguaje que hace años y sabe expresar mejor sus emociones con palabras, pero al principio fue muy duro. De pronto, sin aviso, empezaba a golpearse y a gritar y ninguno entendíamos qué le ocurría. Como era absurdo preguntarle, empecé a acercarme a él a base de miradas y caricias. Y así, poco a poco, nos fuimos entendiendo. Hoy, D., aunque se maneja bastante bien con las palabras, prefiere hablarme muchas veces con los ojos. Me mira de reojo y yo le miro de frente y entonces él aparta la mirada como un niño travieso. Le guiño un ojo y él sonríe. Le gusta juntar su frente con la mía y mirarme así de cerca a los ojos. Y cuando estoy bien, él lo sabe y me sonríe. Y cuando estoy mal, él también lo sabe y me abraza. Y cuando algo le confunde y le pone nervioso, busca mis ojos para refugiarse en ellos.
….
Pero ahora estoy cansada. He vivido a través de las miradas. He soñado en los ojos ajenos y he llorado cientos de lágrimas robadas. He amado siguiendo el compás de unos párpados y he sentido la soledad que deja el telón de unas pestañas al caer. Quiero descansar. Dormir y descansar. Pero el insomnio no me deja. Quizás por eso. Quizás porque, para mí, dormir puede ser lo más parecido a morir.
12/06/2006
DE VERDAD QUE NO LO SÉ

Ilustración: Pétalos (Paula Lucas)
No lo sé. De verdad que no lo sé. No sé dónde estoy cuando no te escucho, cuando mi mirada te atraviesa el cuerpo y se clava en la pared de enfrente, cuando contesto con monosílabos a tus largas y estudiadas excusas. No lo sé. No sé dónde me meto cuando intentas encontrarme. No, no estoy escondida. Ni siquiera desaparecida. Sólo estoy ausente.
Puede que te esté evitando, no lo sé. A pesar de que te busque siempre en cada centímetro de mi piel. Puede que no quiera quedarme contigo porque el vacío se llama igual que tú. ¿Lo has pensado? A veces, cuando te llamo, me responde él. Y después, unos segundos después, escucho tu voz. Como un eco del vacío…
No lo sé. No tengo ni idea de dónde empiezas tú y termino yo. Aunque aún estemos los dos a medio camino. En la mitad de tus silencios y al borde de mis pesadillas. No sé cuándo estoy despierta, si cuando me acaricias o cuando me arañas. De verdad que no lo sé. Y, a veces, tampoco quiero saberlo.
Quizás quiera borrarte de mis labios, que no quede de ti ni el suspiro que a veces se me escapa con tu nombre. A pesar de que me sirve de caricia cuando la soledad ocupa tu lugar. Puede que no quiera tenerte cerca de mí porque tu cuerpo me recuerda lo lejos que siempre estás. ¿No te has dado cuenta? Siempre estoy buscándote cuando estás conmigo. Buceando en el fondo de tus ojos, leyendo tus manos, siguiendo las pistas sobre tu piel, escribiendo dudas en tus labios.
No lo sé, de verdad que ya no sé quién soy. Quién eres. Cuándo llegaste. Dónde te encontré. Cómo eras. Cuántos fuimos. Quién tropezó primero. Cuándo olvidamos. Cómo vuelves. Dónde estoy…
Se me acabaron las respuestas ante tu ausencia de preguntas. Quizás el amor era otra cosa y lo nuestro nadie sabe cómo se llama. Ni siquiera yo lo sé. De verdad que no lo sé.
17/06/2006
EL SILENCIO DE UNA AUSENCIA

Ilustración: Horizontes (Miguel Claro)
Todo es nada. En nada es en lo que la rutina de esta tristeza convierte todo. En nada se transforman mis lágrimas cuando se suicidan despeñándose por mis mejillas. Nada es lo que hay a mi alrededor, una soledad pegajosa que nada vale. El tiempo no es nada, sólo horas que no avanzan. Mi rutina es todo aquello que no existe, que nunca ocurre. Un vacío, la prisión del fondo del bache, el horizonte torcido y desenfocado…Todo pierde sentido y yo me quedo inconsciente. Desorientada. Pidiendo permiso a la vida para seguir mi camino. O el camino. Porque mío ya no queda nada.
Nada es cero. Un círculo perfectamente cerrado del que no se sale. Donde todo se repite sin brusquedades. Serenamente. Sin esquinas contra las que golpearse y despertar de la pesadilla. Cero son unas manos arañadas, unos labios sellados, una mirada reposada sobre ojeras, una noche llena de noches…
Negro es todo. Una sonrisa apagada escondida entre sonrisas ajenas. Una farola parpadeante que se funde finalmente ante la indolencia de la gente. Negro es el insomnio que me viola cada noche, que me amordaza y me castiga. Negras son las horas desveladas, llenas de letras tiznadas que dicta la oscuridad.
Nada es silencio. Silencio es vacío. Vacío es ausencia. Ausencia es soledad. Soledad es abandono. Abandono es carencia. Carencia es inexistencia. Inexistencia es sombra. Sombra es oscuridad. Y la oscuridad no es otra cosa que el silencio de una ausencia, la soledad de una carencia, el vacío de un abandono…
Todo es oscuridad.
22/06/2006
NO QUIERO SOÑARTE

Ilustración: Melancolía (Conxa)
Otra noche de insomnio, lágrimas y pesadillas. El cuerpo, a ratos, deja de responderme. Las piernas a veces se doblan negándose a cumplir su obligación de mantenerme en pie.
Cada noche se repite igual. Me acurruco entre la sábana, miro el reloj marcando las horas que no duermo, apago la luz y respiro hondo. Cierro los ojos… y apareces. Apareces con tu piel blanca y fría, helada, endurecida, recostado sobre tu sillón, como si estuvieras dormido. Y a tu lado mamá, acariciándote entre lágrimas la mano. Y a tu lado yo, acariciándote entre angustias el rostro. Te llamo, te hablo, te beso la mejilla y se me hielan los labios. Te cojo el rostro entre mis manos para darte calor. Te susurro al oído que ya estoy contigo, que ya he llegado, que tienes que despertar porque tengo que despedirme de ti. Pero tú sigues dormido. Mamá se ha levantado, está intentando calmar a D. y a L. Y yo me quedo sola contigo. Hablándole a tu silencio infinito, a tu rostro casi transparente, hablándole a mi infancia, a todos mis recuerdos…
Abro los ojos y enciendo la luz. Me seco las lágrimas y agito la cabeza, como si con ello pudiera sacar tu imagen de ella. Enciendo un cigarro y me fumo todos mis sentimientos de culpa. Por haber llegado unos minutos tarde, por no haberme quedado a dormir contigo la última noche, por no interpretar aquella despedida tuya el último día… “Mañana vengo a comer, ¿vale?”, te dije mientras te acariciaba la mano. “Bueno, pues aquí estaré...”. Una duda escondida tras una triste sonrisa remata: “… O no, no lo sé”. Tragándome las lágrimas: “Claro, ¿no ves que hay coquinas y gazpacho? Mamá lo ha hecho para ti, así que tú me dirás”. Y la triste sonrisa contesta: “Venga hija, hasta mañanita entonces”. Y tus ojos me siguieron hasta la puerta. Y en el jardín, me despedí a través de la ventana de la biblioteca, sin que mi torpeza fuera capaz de descifrar tu mensaje. Te dejé allí sentado, con tu libro sobre las expresiones y refranes del Quijote sobre las rodillas y las gafas sobre la punta de la nariz, como las llevabas siempre para mirar a través de ellas de cerca y sin ellas de lejos. Leyendo hasta los últimos momentos de tu vida. Como siempre… Y tomando notas sobre la lectura con tus manos ya temblorosas. Luchando hasta el final contra la presencia de la muerte. Sin quejarte, sin querer contarnos tus dolores ni tus miedos para no entristecernos más, aparentando una fortaleza que hacía meses que ya te había abandonado. Manteniendo una dignidad que desde siempre te había acompañado…
Apago el cigarro y la luz, casi al mismo tiempo. Apago todos mis recuerdos, mis pensamientos, mis tristezas, mis lágrimas y vuelvo a cerrar los ojos. Un minuto, quizás dos, de calma, de mente en blanco, de inducción al sueño. Y vuelves… esta vez desde mucho más lejos, desde un pasado desenfocado. Me veo de niña en el jardín de nuestro Tartessos, de noche, a las horas en las que los niños ya están durmiendo, mirando contigo el cielo y escuchando atentamente tus lecciones sobre estrellas y planetas. Me veo ayudándote a trasplantar los hibiscus de mamá y escuchándote mientras me dices que no mate las lombrices, que son buenas para las plantas porque hacen agujeritos en la tierra y la oxigenan. Te veo sentado en la mesa, después de comer, a diario, devorando el periódico y comentándome después las noticias. Te veo, me veo…
Y enciendo la luz y abro los ojos, una vez más. Porque no quiero tus recuerdos. No quiero tu imagen encerrada en mi cabeza. No quiero tus fotos. No quiero soñarte… Yo quiero tu piel, tus manos, tu voz, tus abrazos, tus sonrisas, tus miradas. Pero ya no te veo. Ni te escucho. Ni puedo tocarte. Ni te siento… No estás, no existes, ya no eres. Y cuando me doy cuenta de ello la cordura se me evapora por la piel. Porque este cerebro que tengo no puede comprender, nunca podrá comprender, cómo alguien que ha sido todo puede ser ahora nada.
27/06/2006
VOLVERÍA PARA VOLVER

Ilustración: El Beso Azul (María Amaral)
Volver… Volvería una y otra vez al origen de tus ojos. Volvería y me quedaría atrapada sin resistencia en esas miradas que dejabas caer entre los metros de espacio vacío que nos separaban. Volvería a la noche en que me secuestraste, con tus brazos encadenándome, con tus labios como mordaza y tu piel como refugio de la lluvia. Volvería siguiendo el rastro de tus susurros en mi oído, la caricia de tu aliento en mi nuca, volvería persiguiendo tus sonrisas tristes derramadas en mi hombro.
Volvería a prestar mi espalda como lienzo de tus dedos, volvería a dejarte el pelo para que enredaras en él tus besos, volvería a desnudarme para que descansaran sobre mi piel tus miradas.
Volvería y revolvería mis recuerdos para sacarlos a la superficie de este presente oxidado. Volvería a recoger los ovillos enmarañados de nuestras ausencias fingidas y nuestros silencios forzados. Volvería a descifrar el idioma de tus miradas y a resucitar todas nuestras lenguas muertas.
Volvería una y otra vez, caminando en círculos alrededor de tus huellas…
Volvería… si tuviera la certeza de que volverías a estar allí para volver conmigo.

















