INVISIBLES
Llovía y hacía frío. Era tarde. Muy tarde. La noche se tragaba las calles y escupía las sombras. Bajé del taxi y caminé. En su esquina, como siempre, resguardada por paredes de cartones, dormitaba Carmen. No podía verla pero sé que es ahí donde invoca al sueño por las noches. Siempre pienso hasta qué punto esos cartones húmedos pueden resguardar sus huesos del frío. O del mundo. O de nosotros, los otros. O de sí misma…
Esas botas siempre me juegan malas pasadas en días de lluvia. Resbalan con el suelo mojado. Y mi habitual torpeza, unida al agotamiento de una jornada laboral interminable, me hizo perder el equilibrio justo al pasar por delante de su frágil refugio. Instintivamente, apoyé la mano en la pila de cartones. Lo justo para no caer al suelo. Lo justo para no perder del todo la dignidad.
Y entonces, la escuché. Escuché por segunda vez en mi vida su hilo de voz agudo y fino escapando de ese cuerpo robusto y sucio: “¡No, no, por favor! ¡No, no! ¡Por favor, no!”. Escuché el miedo y leí el temblor de todo su cuerpo en sus palabras. Escuché un mensaje mucho más complejo de lo que aquellas nueve palabras transmitían. Escuché y repetí mentalmente su tono quebradizo. Y me apresuré a decirle, con la voz más maternal y dulce posible: “Perdón, perdón. No te preocupes. Perdóname…”. Y se hizo el silencio. Y en el silencio se dieron la mano dos miedos: el suyo y el mío. Y el sonido de su respiración agitada se fundió con el sonido de mi corazón acelerado. Y el silencio hizo que un minuto fuera el tiempo más eterno de mi vida. Me tragué ese silencio. O el silencio nos tragó a las dos. Me quedé inmóvil. No sé durante cuánto tiempo. Tampoco sé por qué. Quizás esperaba que ella me contestara. Quizás esperaba poder verle el rostro. Quizás sentí unas ganas inmensas de abrazarla. De arroparla. De acunarla. De arrancarle de cuajo ese miedo que sentí tan mío. Pero no ocurrió nada. Ella permaneció inmóvil y callada tras el parapeto de los cartones, como un animal asustado encogido en su madriguera. Y yo caminé hacia casa, temblando, encogida también, con su voz anudada en el estómago.
No tengas miedo de mí, Carmen. No somos tan distintas. Hay algo en tu mirada tosca que me dice que lo sabes. Cuando nos cruzamos en la calle y yo te miro de frente y tú me miras de lado puedo sentir tu confusión. Sé que te has acostumbrado a esa turbia invisibilidad a la que te someten a diario y quizás te asusta que yo sí pueda verte. Pero es por eso, Carmen, porque no somos tan distintas.
Hay muchos tipos de mendicidad, pero todas son hijas de la misma madre.
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Autor: maria
Fecha: 19/12/2007 14:38.
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Autor: Joseph Cartaphilus
Tambien creo que es dificil describir mejor una situación así que como tu lo has hecho
Dichosa ternura
Fecha: 20/12/2007 02:10.
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Autor: Moony
Pero hoy me has dejado esa sensación de miedo de Carmen metida en las entrañas.
La huida, el alejamiento, el último paso hacia la desaparición, me parecen siempre lejanos y a la vez, enormemente cercanos.
Un beso grande, Polilla.
Fecha: 20/12/2007 13:05.
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Autor: Miguel Schweiz
Un fuerte beso Luces
Fecha: 21/12/2007 21:26.
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Autor: carlos martinez
Te entiendo perfectamente, de lejos son una cosa pero a distancias cortas la emoción es muy fuerte. Esa foto de hecho no he sido capaz de hacerla nunca. Todos los fotografos buscan la emoción que produce un ingigente, pero ya digo; de lejos todavia, pero esos ojos de cerca...yo no puedo.
Salud y libertad por el año nuevo, que es su saludo habitual.
Fecha: 28/12/2007 21:02.
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Autor: Amarcord
Me pregunto que pensará de tí, si te teme, o te espera cada dia.
Ala, mordiscos de lluvia y tacón.
Fecha: 30/12/2007 13:38.
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Autor: No Existo.
Hay demasiadas Carmen en este mundo,seres maravillosos que se esconden bajo una casita de cartón,escondiendo sentimientos y arropando su temor.
Yo encontré su blog por la página de la Blogfera y enhorabuena.Voy agregar su blog en el mio ,si le molesta este atrevimiento.. no dude en avisar y de antemano lo quito.
Nuevamente...Maravilloso escrito.
Paz interna.
Fecha: 15/02/2008 07:35.

















