Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2007.
Resumen
- 01/04/2007 03:57 - SOBREVIVIR
- 08/04/2007 17:28 - A FLOR DE PIEL
- 11/04/2007 03:06 - DE PIE Y DE RODILLAS
- 13/04/2007 13:09 - DOS POR CERO
- 21/04/2007 12:40 - MEMORIAS ENREDADAS
- 28/04/2007 15:44 - DESENCUENTROS
01/04/2007
SOBREVIVIR

Ilustración: Villa Imaginaire I (Lucemar de Souza)
Ya no vale. No es suficiente ahora lo que antes fue bastante. Ya no valen los trucos que me enseñaron de pequeña para aprender a ser mayor. Para vivir inconsciente en la burbuja amarga del mundo y hacer lo que todos hacen sólo porque es lo único que está permitido hacer.
Una vez me dijiste, a través de tu sonrisa nocturna, que el mayor acto de generosidad es el egoísmo. Recuerdo que entonces te rocé con mis ojos para no contagiarme de tu escéptico discurso. Hoy te devoraría con la mirada… Me tragaría sin masticar esas palabras sentimentalmente incorrectas que escribías sobre mi piel cuando me quedaba dormida. Y las encadenaría a mis entrañas para no olvidarme de que a veces, sólo de vez en cuando, es bueno vomitar.
Algunos días, sobre todo cuando llueve, las calles se llenan de soledades. Y yo, como si quisiera llenarme de todos los vacíos que me rodean, me quedo mirando los charcos. Se me llena la mirada con sus reflejos estancados y escupo sobre ellos mis recuerdos líquidos hasta que alguna vieja clava su bastón en el agua y me salpica de memorias. Los charcos eran lo único que tú respetabas…
Algunos días sólo hace sol. Nada más. La gente sonríe y camina más despacio. Los que se quieren se cogen las manos y los que se aman caminan abrazados… Pero yo, los días en que hace sol, sólo hago sombra. Una sola, que antes era bastante y hoy no es suficiente. Siempre hay alguien que clava la mirada en ella y a veces, incluso, los zapatos... Ya me lo dijiste una vez, pero nunca lo recuerdo.
Por las noches, sin embargo, todo me parece más pequeño. Es como si la luna se tragara una mitad del mundo y el silencio convierte todo en una película muda… A veces, incluso, me parece escuchar cómo carraspeas dos filas más atrás.
Y sí, lo sé… eso no lo he olvidado: por las noches lo mejor que uno puede hacer es sobrevivir.
08/04/2007
A FLOR DE PIEL
A menudo he pensado en estos últimos años que la tristeza era, no tanto un estado de ánimo, sino un rasgo de personalidad. Cuando parece que se va a quedar para siempre contigo y en todos los recuerdos recientes que tienes ella está presente, empieza a formar parte de tu vida y tus costumbres. Y empiezas a aceptarla como algo propio, inherente a ti, a tu piel.
Odio la autocompasión, la propia y la ajena. Siempre he intentado estar lo más alejada posible de ella, darle la espalda, no mirarla nunca directamente a los ojos, no escuchar cómo susurra a veces con falsa dulzura al oído. Aprendí siendo muy pequeña, probablemente por mis circunstancias familiares, que la autocompasión es una mochila pesada que te impide caminar erguido, que te obliga a mirar siempre hacia el suelo y que el final de su camino es siempre un abismo. Aprendí, a veces a la fuerza y a veces de manera mecánica, muchas más cosas siendo muy pequeña. Cosas de mayores, de esas que la vida te va enseñando cuando ya has superado ciertas etapas, de esas de las que los padres nos protegen hasta que se nos considera adultos, de esas que cuando somos adultos tememos o evitamos… Aún así, creo que conseguí ser niña también y disfrutar de todo lo que la infancia tiene de mágico y dulce.
Quizás todo empezó más tarde, cuando llegó el momento de empezar a aprender por uno mismo lo que la vida te enseña. Cuando todos comienzan a mirar el mundo con el color de sus propios cristales y descubren todo aquello de lo que de pequeños se le había protegido. Ahí me quedaba yo, mirándoles desde mi anticipada madurez, a través de mi excesiva responsabilidad, sin sorprenderme nada de lo que a ellos les dejaba con la boca abierta.
El pasado es algo siempre confuso y desconcertante en mis recuerdos. El presente siempre ha sido un tiempo incómodo y aburrido para mí. El futuro es el lugar donde me siento cómoda. Pero nunca llega. El presente siempre lo devora…
Cuando la vida se convierte en algo previsible, en una simple sucesión de horas y autoengaños, en momentos repetidos sin ninguna alteración y te fuerzas a ti misma a seguir buscando algo diferente que no llega, algo desconocido que te remueva las entrañas, algo que haga que las noches sean diferentes a los días… cuando todo eso ocurre desde hace tanto tiempo, a veces te agotas, te cansas de luchar y sientes las irrefrenables ganas de dejarte llevar por la autocompasión y acercarte a ese abismo que siempre espera al final de ella. ¿Podrían acusarme de traidora por ello? ¿Podría mi naturaleza soportarlo? Nunca lo he comprobado…
Quizás es este el origen de mi tristeza casi eterna y pegadiza. Quizás resulte extraño descubrir que mi fuerza es mi tristeza y que es ella la que me aparta cada día del abismo. Que es su compañía la que me evita caer rendida y la que me empuja a seguir caminando erguida. ¿Puede algo tan doloroso ser tu mejor defensa?
11/04/2007
DE PIE Y DE RODILLAS

Ilustración: El Mendigo (Miguel Carlos Labra)
Tú eres un perro. Y yo también soy un perro. Por eso estamos juntos. ¿O qué te creías? ¿Que era por lo guapo que eres?
El mendigo habla con su perro, pequeño, blanco y negro, de raza indefinida, sentados ambos sobre una raída manta a las puertas de una tienda de Adolfo Domínguez. La calle Serrano tiene esos contrastes. Me paro frente al escaparate y disimulo mirando un traje.
Menos mal que ahora soy un perro, amigo, porque si no, nunca habría sabido que antes era una persona. Por eso sé que ahora soy un perro. El chucho intenta zafarse de sus manos mugrientas. No, escúchame. Estoy hablando contigo, ¿entiendes? Nadie más lo hace, así que escúchame porque soy el único que quiere hablarte. ¿Sabes lo que somos? … Y el perro suelta un ladrido y a mí se me escapa una sonrisa. Luego me doy cuenta de que la gente no sonríe. Miran de soslayo, serios, algunos tuercen el gesto, otros tratan de aparentar indiferencia y, muchos, casi todos, aceleran un poco el paso.
Somos carne picada, amigo. Las sobras de la comida, los restos que quedan en el plato. ¿Y qué se hace con eso, eh, eh? ¡Se tira a la basura! ¡Ellos lo tiran a la basura! Y se queda en silencio, mirando al vacío, y el perro, aburrido, con la cabeza apoyada en la manta, suspira…
De pronto, una carcajada rompe la escena picaresca. Una carcajada violenta, directa desde los pulmones del mendigo, que hace brincar a un matrimonio entrado en años, enjoyada ella, trajeado él, que pasa en ese instante por delante. El mendigo continúa riendo, mostrando sus encías melladas. El perro, por su parte, levanta ligeramente las orejas sin demasiada sorpresa.
¡¡Somos caníbales!! ...grita. ¡Nos comemos vuestra basura! Y vuelve a enmudecer mientras pasa bruscamente su mano por la cabeza del perro, a modo de caricia. ¿Lo ves, amigo? Somos perros. Y bajando la voz, casi susurrando, le repite a su amigo: Ya te lo decía. ¿Me has entendido? Perros. Perros…
Echo a andar en dirección a casa mientras vuelvo a colocarme el mp3 en la oreja. Las tiendas están cerrando. El mundo echa el cierre un día más, como otro cualquiera, sin notar ninguna novedad. O peor aún. Sin provocar novedades. En ese mínimo sector del mundo todo amanece igual cada día. Cada uno se sitúa en el lugar que se le ha asignado y comienza una jornada más de sus vidas. Estableciendo bien los límites entre cada uno. Dentro y fuera. Detrás y delante. Arriba y abajo… De pie y de rodillas.
Y yo llego al portal pensando en aquello de “los hombres somos seres racionales” mientras recuerdo que esta noche La 2 emite el documental “El alma de los verdugos”, sobre los crímenes cometidos durante las dictaduras argentina y chilena.
De pie y de rodillas…
13/04/2007
DOS POR CERO

Ilustración: Sin Título (Nicoletta Tomas)
Pensaba en la tabla del dos mientras miraba discretamente las mesas que me rodeaban. Parejas, todo parejas. De compañeros de trabajo, de amigos, de amantes… de todas las posibles versiones de pares que puedan existir en el mundo. Dos por uno, dos; dos por dos, cuatro; dos por tres, seis… La cabeza se bloquea repentinamente. La capacidad matemática no es lo mío, ya se lo decían a mis padres los psicólogos que en el colegio nos hacían pasar anualmente los tests. Así que en lugar de continuar con la secuencia numérica lógica, mi cerebro empieza a emitir por sí solo, sin recibir mis órdenes, cifras sin conexión. Dos por cero, cero; dos entre dos, uno; dos menos dos; cero…
Una pareja se besa distraídamente dos mesas más allá. Otra, más alejada, habla en voz baja mientras él acaricia suavemente la mano de ella. La camarera pestañea coquetamente a su compañero tras la barra. Y yo, disimulo pasando las hojas del periódico sin mirarlas.
Una mujer de unos cuarenta y tantos entra en la cafetería. Sola, con un paraguas en una mano, el periódico en la otra y un bolso marrón colgado del hombro. Se detiene unos instantes en la puerta y mira a su alrededor como si buscara a alguien. Se cambia el periódico de mano y se atusa un poco el pelo. Después, con lentitud, se sienta en una mesa vacía, cerca de la puerta, sin dejar de inspeccionar el lugar. Yo la inspecciono a ella. Cabello castaño oscuro salpicado por algunas canas, media melena, peinado de peluquería, abrigo verde, carmín rojo oscuro como único maquillaje y ojeras bastante pronunciadas. Mira hacia la barra y frunce el ceño. Los dos camareros siguen con su ritual de galanteo sin percatarse de la nueva clienta. Y ella, de alguna manera que sólo parezco percibir yo, siente pudor a romper ese momento, y decide esperar a que la atiendan cuando acaben con sus juegos.
Miro a la calle a través de la ventana. La cafetería está enfrente de una embajada y su puerta es custodiada veinticuatro horas al día por una pareja de la Guardia Civil. Dos. De nuevo, dos. Charlan entre ellos sin gran entusiasmo. Podrían estar hablando del tiempo, de las horas extras que les deben, de los cigarros que se han fumado durante la guardia… A pocos metros de ellos, una peluquería, otra cafetería, una farmacia y una librería. Siempre que paso frente a ellos me impresiona esa imagen. Sus charlas intrascendentes mientras sostienen las metralletas en la mano. Supongo que la rutina puede convertir cualquier cosa en costumbre. Y acostumbrarse es lo mejor que sabe hacer el ser humano.
La mujer del paraguas parece estar acostumbrada a esperar. De su bolso saca una pequeña libreta y comienza a escribir. De vez en cuando, mira furtivamente hacia la barra, y sigue escribiendo. Y aunque está lejos de mí, puedo escuchar su corazón latiendo a mil por hora y sentir la humedad de las lágrimas que tiene atravesadas en la garganta. Sus ojeras me hablan de cien noches con mil horas cada una y de tiempos muertos frente a una ventana por la que nunca pasa nadie. Puedo ver, debajo de su abrigo verde, un alma hecha un ovillo, hambrienta y temblorosa, que se agarra con los dientes a la piel.
El camarero se acerca por fin a ella. Y la mujer levanta la vista y le sonríe a medias, tímida, casi como si le pidiera perdón por obligarle a cumplir con su trabajo. El camarero da media vuelta y regresa a la barra. La mujer se atusa el pelo de nuevo y cierra la libreta. La guarda en el bolso y abre el periódico. Y me doy cuenta entonces de que no lo está leyendo, de que está haciendo lo mismo que yo. Pasar las páginas sin mirarlas. Es entonces cuando siento el grito de su soledad en mis oídos. Cuando el zumbido del vacío me retumba en la cabeza. Cuando cientos de imágenes veladas pasan como un tren ante mis ojos. Y siento que mi futuro está tomándose un café unas mesas más allá, vestido con un abrigo verde, con carmín rojo oscuro en los labios, un bolso marrón y un paraguas.
Recojo mis cosas, el periódico, el libro, el cuaderno, y me levanto. Se me cae el periódico al suelo. Siento calor y siento que quiero salir de allí cuanto antes. Miro a través de la ventana y veo que el cielo ha empezado a descargar lluvia de nuevo. Me despido de los camareros dándoles las gracias y camino hacia la puerta. Mi futuro sigue allí sentado, con el periódico abierto sobre la mesa y ruego para que no levante la vista a mi paso. Pero lo hace, justo en el momento en el que alcanzo la puerta, me mira. Y yo también la miro. Y no sé qué ve en mis ojos y qué veo yo en los suyos que nos sonreímos. Tímidamente, casi pidiéndonos perdón. Y salgo de allí como el que sale a la superficie después de pasar mucho tiempo bajo el agua. Camino con prisa, con la lluvia mojándome la cara. Y sigo viendo sus canas, sus ojeras, su soledad, su resignación, su renuncia… Y me angustia el espejo de sus ojos y de su sonrisa apagada. Y me sigo mojando. Y me cruzo con gente con paraguas que me mira.
Pero de pronto, recuerdo y sonrío. Y respiro profundamente, y siento alivio.
…Yo nunca llevo paraguas.
21/04/2007
MEMORIAS ENREDADAS

Ilustración: Caricia de un Sueño (María Amaral)
Perdóname si hoy besé con excesiva dulzura tus labios. Tenía en los míos el recuerdo de un sabor pasado. Perdóname por abrazarte con tanta ternura y quedarme pegada a tu abrazo durante unos instantes más de los necesarios. Tenía en mis brazos el recuerdo de una piel ajena a la tuya. Hoy también ajena a la mía. Perdóname por mirarte así como lo hice, tan en silencio, tan al desnudo, tan en penumbra... Tenía en mis ojos un reflejo casi apagado de otra mirada aún más oscura.
Cuando me mordiste con suavidad el hombro no podías saber que me estabas arrancando un pedazo de memoria enredada entre mis venas. Por eso se me escapó un tímido lamento, un fugaz quejido desde lo más profundo de mi garganta. No podías saber que tus dedos deslizándose entre mi pelo me estaban devolviendo a un sueño que pensé que ya no me pertenecía.
Perdona que no haya podido mirarte después de hacer el amor. Guardaba en mis pupilas la imagen de otro cuerpo desnudo recostado junto a mí. Junto a mis dedos que no se cansaban de recorrerlo y que siempre encontraban un camino nuevo para llegar a sus labios. Sus labios que siempre escribían sobre mi espalda los buenos días o que se deslizaban por la pendiente de mi pecho buscando el lago que se escondía en mi ombligo. Mi ombligo que era siempre la llave que dejaba mi cuerpo expuesto a su voluntad. Su voluntad que siempre empezaba y acababa en uno de tantos besos que me robaba. Sus besos… Sus besos, los que guardaban todos sus secretos. Los que me contaban a veces, cuando él no miraba, cómo hablar con sus silencios. Los que sabían a soledades antiguas adheridas a la piel, a pasados que ahogaban los presentes, a dolores ajenos que sabían como propios, a miedos que blindan el corazón contra amores invasores. Sus besos… que nunca llegó a saber que un día dejaron de ser suyos.
Perdóname por hacerme invisible de pronto bajo mi silencio y arañarte con mi soledad cuando intentaste acariciarme. Aún me duelen las marcas que otra soledad dejó sobre mi piel escondidas bajo los lunares. Esos que tú dices que son sexys. Perdóname por escapar de ti sin un beso de despedida, sin ofrecerte alternativas, sin prometerte mañanas. Por hundirte en mi confusión y dejarte sólo las huellas de mis recuerdos en tu cama.
Perdóname, por favor, perdóname por no quererte como mereces. Por no poder quererte como merezco…
28/04/2007
DESENCUENTROS

Ilustración: La Lucha (Jacqueline Kleine)
Sé que es la peor de todas las opciones, no lo dudo. A veces, no le des más vueltas, es sólo eso, que me gusta jugar a perder. Asumo los riesgos. Conozco las reglas. Y me pierdo…
Me pierdo en el fondo de todas las miradas vacías que me rodean y me pierdo en todos los abrazos huecos de amantes posibles y amigos imposibles. Me dejo caer en cada palabra sin sentido que se diluye entre decenas de labios que no sienten y me escondo detrás de las medias verdades y las mentiras rotundas. Y juego. Estas son mis reglas. Las demás, las tuyas, las suyas… no me interesan.
Me pierdo durante instantes que el reloj no puede atrapar detrás del cristal etílico de la inconsciencia. Me pierdo en la parte trasera de las noches rotas, de los sueños liados en un papel que me devuelven el olor a olvido. Me confundo entre las voces con que se disfraza la locura y el mundo, así, se vuelve un lugar más pequeño, más doméstico. Menos fiero…
Me rompo… Me rompo cien veces en mil pedazos que se clavan en las suelas de los zapatos, que ruedan hasta caer en el fondo de las alcantarillas que soportan silenciosas nuestros pasos. Me rompo antes de que lleguen y después de que se vayan para no salpicar sus biografías con mis epitafios. Y desaparezco… Desaparezco antes de que alguien quiera jugar a reconstruir corazones y memorias.
Sé que es la peor de todas las opciones, no lo dudo. Pero no me juzgues así. No me mires buscando en el fondo de mis ojos aquellos ojos en los que te mirabas. No le arranques palabras a mis labios buscando la voz que ayer te susurraba.
Sé que es la peor de todas las opciones. Pero no me culpes a mí porque es la única que aprendí de ti.

















