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Resumen
- 19/12/2007 02:56 - INVISIBLES
- 31/12/2007 04:17 - DULCES SUEÑOS
19/12/2007
INVISIBLES
Llovía y hacía frío. Era tarde. Muy tarde. La noche se tragaba las calles y escupía las sombras. Bajé del taxi y caminé. En su esquina, como siempre, resguardada por paredes de cartones, dormitaba Carmen. No podía verla pero sé que es ahí donde invoca al sueño por las noches. Siempre pienso hasta qué punto esos cartones húmedos pueden resguardar sus huesos del frío. O del mundo. O de nosotros, los otros. O de sí misma…
Esas botas siempre me juegan malas pasadas en días de lluvia. Resbalan con el suelo mojado. Y mi habitual torpeza, unida al agotamiento de una jornada laboral interminable, me hizo perder el equilibrio justo al pasar por delante de su frágil refugio. Instintivamente, apoyé la mano en la pila de cartones. Lo justo para no caer al suelo. Lo justo para no perder del todo la dignidad.
Y entonces, la escuché. Escuché por segunda vez en mi vida su hilo de voz agudo y fino escapando de ese cuerpo robusto y sucio: “¡No, no, por favor! ¡No, no! ¡Por favor, no!”. Escuché el miedo y leí el temblor de todo su cuerpo en sus palabras. Escuché un mensaje mucho más complejo de lo que aquellas nueve palabras transmitían. Escuché y repetí mentalmente su tono quebradizo. Y me apresuré a decirle, con la voz más maternal y dulce posible: “Perdón, perdón. No te preocupes. Perdóname…”. Y se hizo el silencio. Y en el silencio se dieron la mano dos miedos: el suyo y el mío. Y el sonido de su respiración agitada se fundió con el sonido de mi corazón acelerado. Y el silencio hizo que un minuto fuera el tiempo más eterno de mi vida. Me tragué ese silencio. O el silencio nos tragó a las dos. Me quedé inmóvil. No sé durante cuánto tiempo. Tampoco sé por qué. Quizás esperaba que ella me contestara. Quizás esperaba poder verle el rostro. Quizás sentí unas ganas inmensas de abrazarla. De arroparla. De acunarla. De arrancarle de cuajo ese miedo que sentí tan mío. Pero no ocurrió nada. Ella permaneció inmóvil y callada tras el parapeto de los cartones, como un animal asustado encogido en su madriguera. Y yo caminé hacia casa, temblando, encogida también, con su voz anudada en el estómago.
No tengas miedo de mí, Carmen. No somos tan distintas. Hay algo en tu mirada tosca que me dice que lo sabes. Cuando nos cruzamos en la calle y yo te miro de frente y tú me miras de lado puedo sentir tu confusión. Sé que te has acostumbrado a esa turbia invisibilidad a la que te someten a diario y quizás te asusta que yo sí pueda verte. Pero es por eso, Carmen, porque no somos tan distintas.
Hay muchos tipos de mendicidad, pero todas son hijas de la misma madre.
31/12/2007
DULCES SUEÑOS

Ilustración: Sleep well, my dear (Ivan Koulakov)
Shhh… no hables aún. No desvistas el silencio que nos cubre. No malgastes tu saliva si no es para escribir sobre mi piel.
No digas nada de momento. No me cubras de verdades incómodas. Arrópame con la mentira de tu abrazo. Con la fugaz verdad de tus caricias. Con la húmeda falsedad de tus besos.
Hoy quiero dejar de ser mía para ser de otro. Aunque sólo dure un instante. Aunque luego tenga que olvidarlo. Hoy quiero saber a espejismo. Oler a delirio. Sentirme ficción.
No hables aún. No digas nada que pueda creerme. No pronuncies una sola palabra que creas conveniente. Hoy no me conviene nada. No hables hasta mañana. No hables nunca…
No envuelvas mi fantasía con los trapos sucios de tu cariño. No intentes adornar esta utopía mía con los restos podridos de tu ternura. Respeta el silencio. Respeta mis duelos.
Y cuando te vayas, sólo entonces, di “gracias”. Gracias a mi soledad. Porque hoy lo único que no quería era dormir sola.

















