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Resumen
- 26/01/2007 21:02 - A PESAR DE MÍ
- 31/01/2007 03:05 - PRONÓSTICO RESERVADO
26/01/2007
A PESAR DE MÍ
Creo que nunca en mi vida he terminado de irme de ningún sitio. Siempre dejo algo de mí en cada lugar, y siempre se queda también dentro de mí algo de cada lugar. Los principios no existen, porque nunca vivo la primera vez de nada. Tengo un alma avejentada que sabe de todo aunque nunca lo haya vivido, que vive de recuerdos construidos a base de un poquito de pasados y otra pizca de presentes confusos. Los finales tampoco existen, porque nunca aprendí a despedirme, porque la palabra adiós me suena a muerte, a polvo, a vacío, a negro. Porque mi alma es vieja, sí, pero orgullosa y descarada, rebelde y testaruda, y no tiene intención de dejarse llevar a ningún lugar donde no quiera ir.
Me fui. Así lo creí. Me fui hasta de mí misma. Me fui hasta de mi nombre. Hasta del espejo y de los charcos. Me fui de mis letras y mis manos. Dejé huérfanos a los silencios y se quedaron sin palabras las soledades.
Desaparecí para que pudiera volver otra. Que fuera ella la que hiciera por mí el trabajo de vivir. Otra, la que se sentara de noche frente a frente con los miedos y los venciera. Que etiquetara las tristezas para reciclarlas en caricias y despistara con canciones a las soledades.
Pero al irme, al alejarme de todo aquello que me distingue de otras… me eché de menos. Añoré hasta el sabor de mis lágrimas, hasta el débil brillo de inconformismo en mis ojos. Añoré mi piel arañada y las ausencias de mis sueños.
Por eso vuelvo. Porque nunca terminé de irme. Porque ninguna otra puede ser como yo. Porque yo no quiero ser otra.
Vuelvo porque quiero seguir siendo como soy... A pesar de mí.
31/01/2007
PRONÓSTICO RESERVADO

Ilustración: Abyss (Victoria Sheridan)
Una no sabe muy bien cómo tomarse el diagnóstico cuando éste dice que eres tu propio virus. Que eres tú misma la que te haces daño y te provocas el dolor. Eso dice A. de mí. Más o menos. Con palabras más suaves, claro, mucho más técnicas y asépticas.
El año no ha empezado demasiado bien, pero viene a ser la rutina de todos mis principios de año. Después, a veces, con el paso de los meses, va mejorando. Otras, la mayoría, se estabiliza en ese estado de extraña inmortalidad del tiempo. El reloj se para y las agujas se derriten, y mañana se convierte en una copia falsificada de ayer. El tiempo enfermo mantiene su pronóstico de “reservado” y yo permanezco sentada a su lado, con su mano entre las mías, esperando que despierte.
A. dice que no tengo que conformarme, que no debo rendirme si aún me quedan fuerzas, que en la vida existen los grises y algunas batallas ni se ganan ni se pierden, y la de luchar contra uno mismo suele acabar en empate. Yo no entiendo los empates ni los grises. Siempre hay una fuerza mayor que otra y la suerte casi nunca es un árbitro objetivo. La balanza siempre acaba inclinándose, aunque sólo sea por el peso de la conciencia.
A. sabe casi tanto de mí como las polillas, y no se sorprende cuando le digo que la insatisfacción convive conmigo a diario. Dice que conociéndome, le sorprendería lo contrario, pero quiere que aprenda que los misterios dejan de serlo cuando los descubres. Y yo sigo sin entender para qué existen entonces. Para que existan, a su vez, las ilusiones, me contesta rotundamente…
La semana que viene empezaremos, me dice.
Al salir del portal me enciendo un cigarro y me detengo frente al escaparate de una librería. Leo títulos de libros expuestos casi sin fijarme mientras revuelvo el bolso buscando el monedero. La Catedral del Mar, Memorias de Una Geisha, El Buen Alemán, Ser Como el Río que Fluye, El Perfume, Las Intermitencias de la Muerte… De pronto, siento una mirada reposada en mi perfil y, al girarme, me encuentro con la sonrisa de un chico que parpadea unos instantes y echa a andar en dirección contraria a mí. Le observo alejarse y me viene a la cabeza una frase de A.: “Tienes muchas cosas delante de ti y no eres capaz de verlas”.

















