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Resumen
- 04/04/2008 10:53 - COMO SIEMPRE D. (VI)
- 18/04/2008 11:53 - IS THERE A LIFE BEFORE DEATH?
04/04/2008
COMO SIEMPRE D. (VI)
D. habla casi todas las noches con mi padre. Antes de acostarse, sale al jardín, mira hacia el cielo y saluda con la mano. Entonces, empieza a hablar, sin dejar nunca de mirar al cielo. Hace pausas, como si estuviera escuchando y asiente con la cabeza. Sigue hablando, gesticula y, de vez en cuando, sonríe. Al rato, entra de nuevo en casa y nos dice que papá nos manda muchos besos. Le pregunto sobre la conversación que han tenido y me dice que han estado hablando de lo que han hecho ambos durante el día, que le ha dicho a papá que está cuidando mucho de todos nosotros y que papá le ha dicho que está muy orgulloso de él y que le quiere mucho. Después nos besa a todos en la frente o en la cabeza, como hace siempre, nos da las buenas noches y se acuesta. Mi madre me mira con los ojos húmedos y me dice: “A veces llego a creer que tu padre le habla de verdad”. Y yo, cuando le observo y le escucho en silencio, también podría llegar a abandonar mi ateísmo y mi escepticismo. A veces pienso que si realmente mi padre siguiera existiendo, sin duda escogería a D. para comunicarse con nosotros. Porque él es el más puro, el más natural, el único libre por completo de cualquier prejuicio, el que tiene la conciencia más intacta y más limpia… el mejor receptor, sin duda, de cualquier mensaje de amor.
Ayer, tres de abril, se cumplieron dos años de la muerte de mi padre. Hace 2 días, el pasado dos de abril, se celebró por primera vez el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo. Dos hechos que, para cualquier persona, no tienen relación. Para mí sí. Mi padre, junto a mi madre, fue una de las personas que más luchó por dar a conocer al mundo este trastorno. Fueron ambos pioneros en nuestro país del movimiento asociativo en torno al autismo. Fueron los primeros que empezaron a llamar a mil puertas buscando ayuda y aportando información. Hoy aún hay mucha gente que no sabe lo que es el autismo. Hace casi 40 años, cuando mis padres empezaron su lucha, podría decirse que ni siquiera existía. A D. lo diagnosticaron correctamente a los 9 años. Hasta ese momento pasó por decenas de médicos que decidieron etiquetarle con otros muchos nombres: loco, subnormal, sordo… alguno llegó incluso a decirle a mi madre que la que estaba enferma era ella, porque el niño era perfectamente normal. Y era cierto que D., físicamente, lo parecía. Era un niño guapo, sin ningún rasgo externo de anomalías. Pero mi madre, primeriza en el campo de la maternidad, sabía que no era normal que D. se autolesionara, que con siete años cumplidos no hubiera pronunciado ninguna palabra, que gritara cuando anochecía, que diera vueltas y saltos sobre sí mismo, que no quisiera nunca ser abrazado, que no diera besos, que no mirara a los ojos cuando le hablaban, que no jugara… A los seis años uno de los médicos le dijo a mi madre: “voy a serle franco. Su hijo es subnormal. Nunca se va a curar y nunca será capaz de hacer nada por sí mismo. Tendrá usted que alimentarle, vestirle y lavarle toda la vida. Debería ingresarle en un centro”. Y mi madre, una vez más, no se rindió. No aceptó lo que le decían. Y siguió luchando, con el apoyo incondicional de mi padre. Ambos tomaron un día la decisión más sabia a mi juicio. Asumido ya que D. nunca podría ser ingeniero, ni profesor, ni albañil, ni científico, decidieron que querían que D. fuera, simplemente (¡¡simplemente!!) feliz. Se dedicaron a estudiar y analizar cada una de sus reacciones para comprenderlas, a enseñarle con infinita paciencia pequeñas cosas cotidianas para que tuviera una cierta autonomía (tardaron 3 meses en enseñarle a atarse los cordones de los zapatos) y, poco a poco descubrieron, de manera autodidacta, que el mejor tratamiento para un autista era quererle y aceptarle.
Hoy, si le preguntas a D. que si es feliz, te contesta sin dudarlo: “Sí, mucho”. Le preguntas por qué y vuelve a contestar con una confianza plena: “Porque todo el mundo me quiere”.
Así de fácil. Así de simple. Sin esos grises que nos empañan al resto la vida.
18/04/2008
IS THERE A LIFE BEFORE DEATH?

Ilustración: Furia (Cristina de Padua)
Is there a life before death? Esto que, como ha contado Punset en varias ocasiones, es un graffiti que vio en Nueva York hace muchos años, resume todos mis sentimientos. ¿Hay vida antes de la muerte?
En algún momento, hace ya unos años, me perdí. Perdí la perspectiva, la lógica, el sentido y las ganas. No recuerdo un solo hecho concreto que me llevara a esta situación. No he vivido ningún trauma suficientemente fuerte como para acabar en este estado. Simplemente, ocurrió…
En algún momento, empecé a hacerme preguntas. Preguntas que no tienen respuesta. Preguntas que no tienen sentido.
¿Tiene sentido vivir para acabar muriendo? Desde un punto de vista romántico e idealista, poético incluso, habría miles de respuestas, lo sé. Pero desde un punto de vista práctico… ¿tiene sentido construir algo cuyo destino irremediable es la desaparición? ¿qué sentido tiene el instinto de supervivencia?
En algún momento, me rendí. Se me agotaron las ambiciones, la capacidad de soñar, las ganas de vivir deprisa, la fe, el inconformismo, la sed de respuestas, el nihilismo, la rebeldía, el descaro, el espíritu combativo, los ideales, los proyectos, la curiosidad, la imprudencia… Todo aquello que había ido acumulando durante mi adolescencia y que servía de alimento a mi alma (-¿Existe el alma?-).
Hoy, muchos, me dicen que todo esto forma parte del proceso natural de maduración del ser humano. Que le ocurre a todos y que es completamente normal. Que la vida, los años, el paso del tiempo, te exigen madurar. Y yo, que desde hace algunos años no le encuentro sentido a nada, me pregunto: ¿Madurar? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene madurar?. Después de preguntármelo muchas veces, sólo he encontrado una respuesta: Madurar es darse cuenta de que la muerte está cada día más cerca de nosotros.
Recuerdo un fragmento del libro Donde el corazón te lleve… "Si la vida tiene un sentido -te dirá la voz-, ese sentido es la muerte, todas las demás cosas sencillamente giran alrededor de ella. Vaya descubrimiento (...), que hemos de morir lo sabe hasta el último de los hombres. Es cierto, con el pensamiento lo sabemos todos, pero saberlo con el pensamiento es una cosa y saberlo con el corazón es otra completamente distinta".
En algún momento, no recuerdo cuándo, supe con el corazón que el único sentido de la vida es la muerte.
Y ese día, empecé a morir.

















