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01/07/2008
XOCOMIL

Ilustración: Lago de Atitlán (José Antonio González Escobar)
Algo cambia. El tiempo esta vez parece haberse tomado por fin en serio su papel de galeno. Y empieza a ejercer con maestría.
La indolencia se despereza y se quita de encima sus telarañas. Los fantasmas se vuelven corpóreos y puedo, así, doblegarlos y someterlos. Las pesadillas se han mudado a otra almohada, más pequeña, más oscura, según me cuentan, pero mucho más barata. Mi insomnio, que aún se resiste a abandonarme, empezaba a salirles caro. Nunca fueron muy trasnochadoras mis pesadillas. Las dudas siguen existiendo, pero cada vez discuten más entre ellas. A veces no me queda más remedio que mandarlas callar, porque no me dejan escuchar lo que la confianza me sugiere. Los recuerdos incómodos también persisten, pero les he reducido la jornada laboral a media hora. He oído que quieren hacer una huelga a la japonesa dentro de unos días, pero para entonces yo ya me habré ido.
Me voy… Me voy huyendo de mí misma pero a la vez me voy para encontrarme conmigo. Huyo de esa parte de mí ajena, enquistada, que he ido adoptando con el paso del tiempo. Huyo para encontrarme conmigo, con lo que existe debajo de las costras, lo profundo, lo innato, la esencia.
Me voy unas semanas al lugar representado en el cuadro. Podría haber escogido cualquier otro rincón del mundo, pero no sería lo mismo. Aquí vive un dios que fuma puros y bebe ron. Y a mí esos dioses me caen bien. Pero hay muchas más cosas. Hay volcanes habitados por espíritus inquietos, y gente que desciende del maíz. Gente que no sabe dónde está el país en el que vivo (ni falta que les hace, por mucho que algunos se echen las manos a la cabeza). Gente que eran más felices cuando nadie decidía cómo tenían que ser felices.
Pero, sobre todo, hay en este lugar algo que necesito para encontrarme con la que era antes. Hay un viento fuerte al mediodía que los mayas llaman Xocomil, “el viento que recoge los pecados”.
Y yo necesito con urgencia confesarme con el Xocomil.
14/05/2008
FRONTERAS

Ilustración: Windows (Ivan Koulakov)
No soporto más esta ciudad. No soporto sus traiciones y su juego sucio…
Cada calle, cada esquina, cada charco que forma la lluvia es un recuerdo tuyo. Un reflejo fugaz que juega al escondite entre los rincones polvorientos de mi memoria. De la memoria de ti, tan dolorosamente fresca. Tan sutilmente cruel…
No soporto esta ciudad llena de ti que no me deja verte. Llena de ti y de mí ayer, de mí hoy, de mí mañana. De ti ya nunca…
Llena de soledades y de nadies que se alían contigo para esconderte y alejarte. Para disfrazarte de pasado, de fantasma, de alucinación terminal.
Cada sonido, cada voz entre las voces, me recuerda tus silencios, tus susurros, tus palabras partidas. El lenguaje que tenía que traducir de cada una de tus miradas de niebla.
Todo está lleno de ti pero sin ti. Tengo un vacío saturado, una soledad aglomerada. Camino por la ciudad perseguida por una procesión de invisibles, de intangibles… Cada calle es una fecha que ya no existe en el calendario.
Cada mañana es despertar fuera de ti, lejos de ti, en mi propia cama, que nunca había sido tan poco mía. Tan extraña y tan ajena. Y cada vez me cuesta más levantarme sin tus besos en el hombro, sin tu abrazo por la espalda.
Antes, contigo, yo sabía que amanecía cuando hacíamos el amor. Aunque fuera casi mediodía. Tú marcabas el tiempo, lo dominabas, y el reloj enmudecía hasta que me susurrabas al oído, apartando el pelo de mi cara: “Buenos días”. Y sí, era en ese momento cuando empezaba el día.
Y la noche… La noche no llegaba nunca antes de tu primera caricia furtiva, como si fuera siempre la primera vez que nos rozábamos las pieles. Y jugábamos a hacer invisibles a todos los que nos rodeaban. O a matarlos de envidia. O de vergüenza… ¡Qué importaban ellos en una ciudad que era sólo nuestra!
Ahora esta ciudad es sólo mía y no la quiero. Quise regalártela cuando te fuiste. Pero tú no quisiste dar ni recibir nada. Ni ciudad, ni explicaciones, ni motivos, ni recuerdos. Quisiste irte vacío, de la misma manera que te encontré cuando nos conocimos. Y yo me quedé con unas calles llenas de dudas y unas noches dueñas de sombras huérfanas.
Pero ya no lo soporto más. No soporto esta ciudad que guarda para sí todo lo que antes era nuestro. Que contamina todos mis recuerdos. Que silencia tus pisadas. Que separa nuestras rutinas.
No soporto esta ciudad a la que le has pintado líneas fronterizas, invisibles pero infranqueables, entre tu cuerpo y el mío.
18/04/2008
IS THERE A LIFE BEFORE DEATH?

Ilustración: Furia (Cristina de Padua)
Is there a life before death? Esto que, como ha contado Punset en varias ocasiones, es un graffiti que vio en Nueva York hace muchos años, resume todos mis sentimientos. ¿Hay vida antes de la muerte?
En algún momento, hace ya unos años, me perdí. Perdí la perspectiva, la lógica, el sentido y las ganas. No recuerdo un solo hecho concreto que me llevara a esta situación. No he vivido ningún trauma suficientemente fuerte como para acabar en este estado. Simplemente, ocurrió…
En algún momento, empecé a hacerme preguntas. Preguntas que no tienen respuesta. Preguntas que no tienen sentido.
¿Tiene sentido vivir para acabar muriendo? Desde un punto de vista romántico e idealista, poético incluso, habría miles de respuestas, lo sé. Pero desde un punto de vista práctico… ¿tiene sentido construir algo cuyo destino irremediable es la desaparición? ¿qué sentido tiene el instinto de supervivencia?
En algún momento, me rendí. Se me agotaron las ambiciones, la capacidad de soñar, las ganas de vivir deprisa, la fe, el inconformismo, la sed de respuestas, el nihilismo, la rebeldía, el descaro, el espíritu combativo, los ideales, los proyectos, la curiosidad, la imprudencia… Todo aquello que había ido acumulando durante mi adolescencia y que servía de alimento a mi alma (-¿Existe el alma?-).
Hoy, muchos, me dicen que todo esto forma parte del proceso natural de maduración del ser humano. Que le ocurre a todos y que es completamente normal. Que la vida, los años, el paso del tiempo, te exigen madurar. Y yo, que desde hace algunos años no le encuentro sentido a nada, me pregunto: ¿Madurar? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene madurar?. Después de preguntármelo muchas veces, sólo he encontrado una respuesta: Madurar es darse cuenta de que la muerte está cada día más cerca de nosotros.
Recuerdo un fragmento del libro Donde el corazón te lleve… "Si la vida tiene un sentido -te dirá la voz-, ese sentido es la muerte, todas las demás cosas sencillamente giran alrededor de ella. Vaya descubrimiento (...), que hemos de morir lo sabe hasta el último de los hombres. Es cierto, con el pensamiento lo sabemos todos, pero saberlo con el pensamiento es una cosa y saberlo con el corazón es otra completamente distinta".
En algún momento, no recuerdo cuándo, supe con el corazón que el único sentido de la vida es la muerte.
Y ese día, empecé a morir.
12/03/2008
MIL KILÓMETROS

Ilustración: Universo Imaginario 6 (Cristina de Padua)
Sé que no te voy a encontrar. Que puedo caminar mil kilómetros hacia atrás, pero tú ya no vas a estar. Puedo buscarte en la sombra que dejaron tus manos sobre mi piel. Y te busco… Puedo buscarme en el recuerdo a carboncillo de mis sonrisas, en los bocetos que aún guardo de mis primeros sueños, en los cigarros que fumé pensando en ti. Recordándote. Esperándote. Olvidándote…
Te busco aún en cada palabra que no pronunciaste y en cada paso que retrocediste. Me busco en cada silencio oportuno y en cada mirada inoportuna. En todos nuestros lenguajes, en cada uno de nuestros dialectos. Te busco y me busco…
Puedo detener el reloj a la hora de tus besos y dejar que el tiempo duerma en ellos. Puede ser siempre por la mañana y despertar protegida por tu abrazo. Puedo escaparme de tus despedidas, de tus ausencias y borrarte los recuerdos. Puedes quedarte para siempre en mis noches y hacerte infinito.
Puedo reconstruir el escenario de nuestros errores y borrar todas las pruebas. Comenzar desde cero, desde la nada, desde antes de que existiéramos. Conocernos, reconocernos. Y absolvernos…
Puedo caminar mil kilómetros hacia atrás. Buscarte, buscarme… Recorrerte, recordarte. Porque el pasado es lo único que no se puede borrar. Y los recuerdos, lo único que no me puedes robar.
24/02/2008
TUS BRAZOS

Ilustración: Amantes 106 (Nicoletta Tomas)
Ya no sé qué vida es esta que no vivo. Agotada, busco una piel distinta en la que refugiarme. En cada abrazo busco el puente endeble que cruza el abismo de la soledad. En cada mirada, un reflejo que mienta, que no me muestre la realidad.
Decepcionada ante mis propias verdades. Indolente ante mi propia apatía. Quisiera creer que hay más momentos, otras oportunidades, futuros imprevisibles. Pero he perdido todo. Todo… Hasta las ganas de creer. Hasta el latido. Hasta la sangre.
Me aburre la conversación interminable de los relojes y el mensaje monótono de sus horas. Las nueve ya no son distintas de las tres ni las cuatro se diferencian de las once. Horas gemelas hijas del mismo tiempo. Hijas del mismo hastío. Del mismo tedio gris que tiñe todo de niebla.
El suelo se agita bajo mis pies. Pero es un temblor rítmico y ordenado. Tum, tum. Tum, tum. Tum, tum. Estoy afónica de gritarle que se calle o que reviente. Que me arrastre y me revuelque. Que me deje colgada al borde de un precipicio.
Ahora ya sé a qué saben los labios que nunca mienten, qué dicen las miradas que no se escurren y a qué suenan las palabras. Y el mundo, de esa manera, me parece tan pequeño… Y la vida, así, me resulta tan previsible…
Será locura. Algunos lo llamarán capricho. Labilidad, inconstancia, inmadurez… No me importa. Me da igual. Porque ahora, hoy, que soy más sabia que ayer, cuando aún estabas a mi lado… hoy sé que prefiero unos labios que me besen poco a poco sus verdades, unas miradas que se pierdan de vez en cuando más allá de mis hombros y unos silencios que no ensucien lo indescriptible.
Tus labios. Tus miradas. Tus silencios…
Tus brazos… esos brazos entre los que me sentía tan insensatamente segura.
31/12/2007
DULCES SUEÑOS

Ilustración: Sleep well, my dear (Ivan Koulakov)
Shhh… no hables aún. No desvistas el silencio que nos cubre. No malgastes tu saliva si no es para escribir sobre mi piel.
No digas nada de momento. No me cubras de verdades incómodas. Arrópame con la mentira de tu abrazo. Con la fugaz verdad de tus caricias. Con la húmeda falsedad de tus besos.
Hoy quiero dejar de ser mía para ser de otro. Aunque sólo dure un instante. Aunque luego tenga que olvidarlo. Hoy quiero saber a espejismo. Oler a delirio. Sentirme ficción.
No hables aún. No digas nada que pueda creerme. No pronuncies una sola palabra que creas conveniente. Hoy no me conviene nada. No hables hasta mañana. No hables nunca…
No envuelvas mi fantasía con los trapos sucios de tu cariño. No intentes adornar esta utopía mía con los restos podridos de tu ternura. Respeta el silencio. Respeta mis duelos.
Y cuando te vayas, sólo entonces, di “gracias”. Gracias a mi soledad. Porque hoy lo único que no quería era dormir sola.
19/12/2007
INVISIBLES
Llovía y hacía frío. Era tarde. Muy tarde. La noche se tragaba las calles y escupía las sombras. Bajé del taxi y caminé. En su esquina, como siempre, resguardada por paredes de cartones, dormitaba Carmen. No podía verla pero sé que es ahí donde invoca al sueño por las noches. Siempre pienso hasta qué punto esos cartones húmedos pueden resguardar sus huesos del frío. O del mundo. O de nosotros, los otros. O de sí misma…
Esas botas siempre me juegan malas pasadas en días de lluvia. Resbalan con el suelo mojado. Y mi habitual torpeza, unida al agotamiento de una jornada laboral interminable, me hizo perder el equilibrio justo al pasar por delante de su frágil refugio. Instintivamente, apoyé la mano en la pila de cartones. Lo justo para no caer al suelo. Lo justo para no perder del todo la dignidad.
Y entonces, la escuché. Escuché por segunda vez en mi vida su hilo de voz agudo y fino escapando de ese cuerpo robusto y sucio: “¡No, no, por favor! ¡No, no! ¡Por favor, no!”. Escuché el miedo y leí el temblor de todo su cuerpo en sus palabras. Escuché un mensaje mucho más complejo de lo que aquellas nueve palabras transmitían. Escuché y repetí mentalmente su tono quebradizo. Y me apresuré a decirle, con la voz más maternal y dulce posible: “Perdón, perdón. No te preocupes. Perdóname…”. Y se hizo el silencio. Y en el silencio se dieron la mano dos miedos: el suyo y el mío. Y el sonido de su respiración agitada se fundió con el sonido de mi corazón acelerado. Y el silencio hizo que un minuto fuera el tiempo más eterno de mi vida. Me tragué ese silencio. O el silencio nos tragó a las dos. Me quedé inmóvil. No sé durante cuánto tiempo. Tampoco sé por qué. Quizás esperaba que ella me contestara. Quizás esperaba poder verle el rostro. Quizás sentí unas ganas inmensas de abrazarla. De arroparla. De acunarla. De arrancarle de cuajo ese miedo que sentí tan mío. Pero no ocurrió nada. Ella permaneció inmóvil y callada tras el parapeto de los cartones, como un animal asustado encogido en su madriguera. Y yo caminé hacia casa, temblando, encogida también, con su voz anudada en el estómago.
No tengas miedo de mí, Carmen. No somos tan distintas. Hay algo en tu mirada tosca que me dice que lo sabes. Cuando nos cruzamos en la calle y yo te miro de frente y tú me miras de lado puedo sentir tu confusión. Sé que te has acostumbrado a esa turbia invisibilidad a la que te someten a diario y quizás te asusta que yo sí pueda verte. Pero es por eso, Carmen, porque no somos tan distintas.
Hay muchos tipos de mendicidad, pero todas son hijas de la misma madre.
29/11/2007
DÉJÀ VU

Ilustración: Pesadilla (Cristina de Padua)
Estoy cansada. Harta. Desanimada y aburrida de las mismas respuestas ante preguntas diferentes. De las mismas situaciones en distintos tiempos. De este déjà vu vicioso en que se está convirtiendo mi vida.
Estoy cansada de las falsas conclusiones, de las impresiones equivocadas y de los argumentos pobres. Cansada de las medias tintas y las imágenes distorsionadas. Harta de los -yo pensaba-, -yo creía-, -yo suponía-…
No soy fuerte. No soy dura. No soy fría. Simplemente, no me gusta llorar en público. Simplemente, me sacudo el polvo de la ropa cuando caigo al suelo y vuelvo a levantarme. Simplemente, trato de sobrevivir y de sobrellevar mi vida.
No soy una puerta entornada, ni una pizarra en blanco, ni un libro de bolsillo. No soy la rueda de repuesto, ni el periódico del día anterior, ni el agua de un jarrón.
Estoy cansada de que me quieran cerca pero nunca al lado. A ratos pero nunca todo el rato. Por cómo soy pero nunca como soy.
Cansada, harta, desanimada y aburrida de que me quieran indefinida pero nunca eterna.
07/11/2007
SI ME DEJAS

Ilustración: Cuevas (Marta Ayala)
Me gustan los momentos imperfectos… Las tardes soleadas que acaban en lluvia, por ejemplo. O una luna llena ensombrecida por las nubes.
Odio la simetría y el orden correcto de las cosas. Odio las rutinas y las costumbres atávicas. Los monólogos pero también las algarabías.
Me gustan los esbozos… Una caricia antes que un abrazo, por ejemplo. Una palabra mucho más que una frase.
Odio el equilibrio, la prudencia y la sumisión. Odio los dogmas y los juicios categóricos. Las verdades absolutas y las mentiras rotundas.
Me gustan la relatividad y el agnosticismo. Que el amor no viniera definido en un diccionario, por ejemplo. ¿Cómo puede simplificarse el amor en una aséptica y global definición? ¿Cómo pretenden convencerme de que lo que he sentido por él es lo mismo que lo que siento ahora por ti?...
Si me dejas, si no te importa, yo prefiero no llamarlo. No bautizarlo. No encasillarlo. No compararlo. No denostarlo.
Si me dejas, si no te importa, yo prefiero vivir esos momentos imperfectos contigo, compartir los esbozos que trazamos en nuestros cuerpos, escuchar esas palabras susurradas que compiten con los silencios y leer en el diccionario de tu mirada todo aquello que nunca podrá ser escrito.
Si me dejas, si no te importa, yo prefiero, simplemente, sentir. Tú, por tu parte, puedes llamarlo como prefieras.
25/10/2007
NO TENGO PRISA

Ilustración: Before the Fog (Victoria Sheridan)
No soy yo quien tiene prisa. Es el tiempo el que siempre acaba borrando la importancia de las cosas. Aunque tú sepas cómo hacer de una hora toda una vida…
Te echo de menos sólo cuando estás conmigo. Cuando conviertes el silencio en suspiros y la distancia en caricias. Cuando deshaces los nudos de mi deseo con tu lengua y me desnudas lentamente de mis indecisiones. Te echo de menos cuando sé que mi cuerpo es todo el horizonte que tu mirada puede alcanzar y mi piel le arrebata las palabras a mi boca. Cuando tus manos inventan un lenguaje nuevo que sólo mis manos entienden y tus besos en mi cuello borran todas tus ausencias.
El tiempo entonces se detiene sobre mis hombros. Por unos instantes apenas, lo que dura la eternidad, recupero la fe en mi propia vida. Reconstruyo de nuevo los pequeños fragmentos que conforman mi alma y vuelvo a sentirme parte del mundo. Parte de ti…
Y al tiempo le digo con descaro que no me importa que avance, o que corra o que pase. Que no me importa que haga su trabajo, tan frío, tan constante, tan inmoral. Que no me importa que lo borre todo a su paso y lo transforme en recuerdos intangibles. Que me dan igual su avaricia y su omnipotencia.
Porque yo, en esos instantes, contigo dentro de mí, no tengo prisa.
03/10/2007
MITADES (II)

Ilustración: Balcony Love (Ivan Koulakov)
Soy un fantasma, tu ilusión óptica, pura alucinación febril. No existo sino en tus mejillas cuando nos besamos en público y en la yema de tus dedos cuando disimulamos las caricias. Existo en tus miradas de soslayo y en tus sonrisas lejanas, en los significados escondidos de tus palabras y en las palabras no pronunciadas de tus silencios. Existo cuando siento que me buscas sin que el resto del mundo lo perciba, cuando ordenas el mechón rebelde de mi pelo tras la oreja y cuando conviertes un abrazo amistoso en un mensaje cifrado.
Sólo soy agua que corre en un desierto de mentira, un semáforo eternamente ámbar, un reflejo fugaz en un escaparate mal iluminado.
Soy la mitad de todo lo que amas. Soy la mitad de todo lo que podría ser contigo. Porque sólo existo cuando estamos solos. Cuando dejamos el mundo fuera y sólo somos dos mitades de un mismo deseo. Cuando no llevas tu vida a cuestas y yo me olvido de los miedos. Cuando tú te olvidas de los remordimientos y yo no llevo mi soledad a cuestas.
A solas los dos completamos el puzzle. Tus labios encajan con los míos y tus miradas se funden con mi piel. Mis manos siguen el rastro de las tuyas hasta cruzarse en la misma caricia. En el mismo abrazo. En el mismo cuerpo. El tuyo y el mío.
A solas los dos nunca recuerdo que ya conozco el sabor de estos errores. Que conozco de memoria el final de estos cuentos y ya tengo preparado el epitafio.
A solas los dos nunca recuerdo que soy la pieza que siempre sobra, ese tornillo que nunca encaja, el número impar en una cuenta de pares.
La mitad de repuesto de un todo que está gastado...
12/09/2007
MITADES

Ilustración: Mirando Por La Ventana (Ángeles Masó)
El mundo se ha convertido en un lugar de paso. En un lugar demasiado pequeño…
Hace tiempo que no existo. Que sólo tengo una vida alquilada y unos sueños dormidos. Devorada. Sin palabras y sin silencios. Sin sentidos ni sentimientos. Desprotegida.
Sola. Atrapada entre multitudes de soledades invisibles. Recorriendo de nuevo a ciegas los vacíos que me sé de memoria. Sola. Porque así me hice y así me quieren. Como las sombras… que nunca tienes la certeza de que existan. Que se diluyen en la oscuridad. Sola…
Así me quieren. Así me quieres. Por lo que crees que soy. Por lo que has pintado de mí. Por lo que proyecta mi alma cuando el corazón duerme. Fuerte. Segura. Independiente. Autosuficiente. Descarada. Valiente. Cuando el corazón duerme…
Ojalá fuera tan simple. Ojalá sólo existiera el día, el blanco, la sonrisa, la caricia, el mar, la vida.
Ojalá yo fuera tan simple. Ojalá no fuera también la noche, el negro, el llanto, el arañazo, la tierra y la muerte. Pero lo soy. A pesar de mí y en contra de mi voluntad.
Ojalá no se empeñaran siempre en amarme a medias…
05/08/2007
SÓLO SUEÑOS

Ilustración: Sweet Insomnia (Teresa Moore)
Hoy he soñado contigo. No te asustes. Fue un sueño dulce. Nada que ver con mis antiguas pesadillas.
Hoy he soñado que ya no te quería. Que te veía a lo lejos y no quería verte más cerca. Pero te acercabas… Y me regalabas una de tus sonrisas tristes y resbalabas sobre mi brazo una de tus caricias lentas. Pero yo no sentía nada. Me mirabas, con esa dulzura melancólica que tienen tus ojos, pero ya no encontraba los míos reflejados en los tuyos. Ya no eras espejo. Ni abismo. Ni peligro. Ni conciencia. Ni deseo. Ni refugio…
Tu voz sonaba igual que el eco del olvido. Intermitente, disonante, lejana. Como el rumor falso del mar en el fondo de una caracola. Irreal y áspera. Me susurrabas al oído las mismas mentiras de siempre. Las que siempre quise creer pensando que de tanto repetirlas se convertirían en verdades. Pero ahora me sonaban a verdaderas mentiras y sabían como auténticas verdades.
Yo te hablaba siempre de mis sueños. ¿Lo recuerdas? Tú decías que casi no soñabas. Le quitabas importancia a los míos. Sólo son sueños… No hay que hacerles mucho caso. Y yo insistía. Te contaba lo reales que eran siempre, te hablaba de los colores, de los lugares, de las palabras, de las sensaciones que soñaba. Y tú te reías. Mira que eres rara, qué cosas sueñas…
Hoy he soñado contigo. He soñado que te alejabas llorando cuando te decía que ya no te quería. Que no quería más tus caricias, ni tus sonrisas, ni tus miradas, ni tus abrazos. Que ya no te echaba de menos ni quería estar a tu lado. Que tú sólo entiendes el amor unido al sufrimiento y yo no quería seguir sufriendo contigo. Que en tu mundo de miedos te aferras a la soledad auque el corazón te esté pidiendo a gritos salir de su oscuridad. Y yo te decía que ya no tengo miedos. Que ya no quiero soledades. Que ya no quiero. Sencillamente.
Mira que soy rara. Qué cosas sueño… Y tú te alejabas llorando.
22/07/2007
DIEZ AÑOS, DIEZ DÍAS

Ilustración: Two Under The Moon (Ivan Koulakov)
Diez años no han sido suficientes y sólo nosotros lo sabemos. Lo sabían nuestras pieles cada vez que se acercaban y lo descubrimos nosotros hace diez días, cuando decidiste dejar por fin de esquivar mis ojos y yo decidí liberar por fin las sonrisas que te había negado.
Diez años a veces sólo son unas horas, un tiempo insuficiente para que muera la memoria, un pequeño bache en los recuerdos, apenas un leve traspiés, una pérdida momentánea de equilibrio.
Hay corazones que no entienden de tiempos. Y hay historias de las que nunca podrá adueñarse el pasado. Hay voces que nunca se apagan y que sólo saben leer el amor entre líneas. Entre esas líneas donde quedan escritos los errores que no se reconocen, los orgullos que no se delatan, las mentiras que no se pronuncian. Y se quedan perdidas durante años entre pequeños e imperceptibles momentos. Entre unas miradas rápidas y furtivas, entre un roce de manos aparentemente involuntario, entre una media sonrisa desde la distancia, entre unas palabras que se lleva el viento, la estupidez o la música de fondo de los bares donde nos cruzamos.
Diez años no han bastado para borrar otros diez años anteriores. Nuestra historia es así. Nosotros somos así. Queriéndonos y odiándonos durante diez años alternativamente, con la misma intensidad, con el mismo autoengaño, con los mismos temores, con las mismas distancias. Cubiertos de desencuentros, dejándonos arrastrar por la marea de las costumbres adquiridas y las rutinas involuntarias, por los restos de ese pueril orgullo que nos impide dar el primer paso.
Y ahora somos mucho más mayores y mucho más estúpidos que antes. Con menos vida y más obligaciones. Con menos sueños y más decepciones. Con menos ganas y más miedos. Con menos futuro y más recuerdos. Y con muchos más kilómetros de distancia…
Pero ya no me importa. Ya no duele… El tiempo ha perdido y nosotros hemos ganado. Lo supimos los dos hace diez días cuando me dijiste, sin esquivar por fin mis ojos, “no has cambiado nada”.
08/07/2007
SONRISAS

Ilustración: Alégrame el día (Nicoletta Tomas)
No me gusta verte seria. Estás más bonita cuando sonríes. Los ojos te brillan y pareces una niña traviesa. Regálame una de tus sonrisas…
Traté de explicarle que no podía. Que hay días en que la sonrisa no me nace. Que yo sonrío con el corazón y no con los labios. Que hace mucho tiempo que hice un pacto de honradez con él y le prometí no forzarle nunca a sentir lo que no sentía. Y me prometí a mi misma también no reflejar nunca en mi rostro lo que no siento en el alma.
Él me escuchaba atentamente, con su mirada clavada en la mía, respetando mis palabras con su silencio.
Traté de explicarle que hay días de tristezas y que esos días me gusta liberar las lágrimas. Que los días de tristezas me gusta acompañarme de soledades, porque tengo lágrimas tímidas y ermitañas. Que me gusta desarmar los cajones del alma y revolverlos, deshacerme de los sentimientos ajados y volver a colocar aquellos que, aunque duelan y molesten, me permiten seguir viviendo sin traicionar mi propia esencia.
Él sonrió, sin dejar de mirarme a los ojos, en silencio, ofreciendo su respeto a la lágrima que resbalaba por mi mejilla.
Traté de explicarle que en mi vida hay también días de sombras, donde la cordura juega al escondite conmigo, donde las pesadillas nacen sin esperar a que cierre los ojos, donde los temores del pasado y las incertidumbres del futuro se materializan en forma de magos crueles que hacen desaparecer al presente en el fondo de una chistera. Son días en los que el mundo se convierte en una fría cueva y yo me convierto en mi mayor enemiga. Me odio, me maltrato y me maldigo. Me hundo, me ahogo y me asfixio. Me persigo, me acorralo y me encarcelo. Y aunque a otros les parezca una de las peores formas de masoquismo, yo necesito esos días para poder seguir viviendo. Para seguir sintiendo sin los lastres de la culpa, el arrepentimiento, los remordimientos, el rencor o la cobardía. Para mantenerme limpia y despejar de telarañas los rincones de mi mente. Pero todo esto, le expliqué, la gente no suele entenderlo…
Suspiré aliviada y me quedé en silencio. Él aún se mantuvo callado unos segundos más. Y entonces, bajó la vista y, sin mirarme, me dijo: “Después de lo que me has contado, creo que tienes más motivos que nadie para sonreír”.
02/07/2007
EN UN SUSPIRO

Ilustración: Memorias (Victoria Sheridan)
Toda la melancolía puede estar contenida en un suspiro insurgente que escapa del alma donde estaba prisionero.
Tú no puedes entenderlo, porque no sabes de nostalgias. No conoces a qué sabe un recuerdo. No entiendes lo que significa echar de menos. Añorar es un verbo que te suena desconocido. Y yo tampoco puedo entenderlo. No entiendo cómo puedes vivir sin extrañar lo pasado, lo perdido, lo sentido…
Las voces del tiempo a veces son leves susurros. A veces gritan. Pero también saben guardar silencio. Reposadas sobre una mirada sin color, transparente, atravesada por las luces penetrantes de la soledad. Intermitentes pero constantes. Vigilando el paso lento de los años y la frenética carrera de las horas. Sí. Es así, aunque no lo comprendas. Cuando te falta algo, cuando te sientes incompleta, cuando sólo eres una mitad perdida de ti misma, los años apenas se mueven, pero las horas te devoran.
El pasado es lo más cruel que tiene el ser humano. Es el castigo del tiempo, es esa miel en los labios que no podemos saborear. Es el escaparate abandonado de nuestra vida. No lo entiendes, ya lo sé. Tú dices siempre que hay que vivir el presente y soñar el futuro. Pero el tiempo es circular, aunque no lo creas. Y lo único que de verdad existe, que permanece, es el pasado. El presente y el futuro sólo son espejismos.
Uy, ¿y ese suspiro que se te ha escapado?, me preguntaste.
No importa. No podrías entenderlo… te contesté.
21/06/2007
SUBVERSIÓN

Ilustración: Bloqueo (Caridad Pontes)
No soy perfecta. Aunque lo pretenda todo el mundo y aunque todos me fuercen a parecerlo. Inconscientemente, lo sé. Sin ánimo de obligarme. Sin hacerlo evidente. Más bien, de un modo natural. Tan natural que a mí se me revuelve la conciencia. Y las entrañas. Y las ganas…
Y hoy, son ellas, conciencia y entrañas, las que escriben. Yo no domino la mano. Los dedos son autónomos. La catarsis es la que habla. No me importa lo que diga. No pienso corregirla ni enseñarle modales. Hoy le doy a ella toda la libertad que a mí se me ha negado siempre. La que yo misma me he negado. La que conozco sólo de oídas. La que me cuentan que existe. La que vive a miles de kilómetros de mi piel…
Estoy agotada. Reventada de tener que esforzarme por hacer todo aquello que los demás esperan de mí. O que creen que soy capaz de hacer. Cansada de comportarme de un modo social y genéricamente correcto. Acorde a lo que piensan que soy. Que sé. Que muestro. Que ven. Que intuyen.
Hoy me ha violado la subversión y tengo el alma insurrecta. Hoy me llamo rebelión y he nombrado a Don Quijote coronel de mis tropas. Hoy estoy loca. Y me hundo en la locura, tan suave, tan inconsistente, tan demoledora. Porque no tengo ganas ni motivos para luchar contra ella. Me uno a su ejército y juro su bandera. Reclamo sus tierras, sus horizontes y sus destierros.
Me da igual lo que digan, lo que piensen y lo que sientan. Me da igual lo que yo diga y lo que piense. Lo que siento… Lo que siento ya es otra cosa.
Siento en blanco y negro, en cátodos y ánodos, en palabras y silencios, en líquidos y sólidos, en realidades y fantasías. Siento que debo y no quiero, que quiero y no debo, que podría y no me atrevo, que me atrevo y no podría…
Me siento rodeada y cuando miro a mi alrededor me doy cuenta de que estoy sola. Me siento prisionera pero no encuentro las rejas que me retienen. Quiero gritar, tan alto y fuerte como mis pulmones nicotizados me permitan, pero algo invisible, innato, me sella los labios.
Escupo del recuerdo frases ajenas, pero cercanas, que circulan viciosamente alrededor de mi corazón: eres increíble, aunque tú no quieras creerlo; nunca he conocido nadie como tú; si te hubiera conocido hace veinte años…; no me falles nunca; eres lo mejor que me ha pasado; te necesito; confío en ti; eres especial; te mereces lo mejor; si fuera hombre estaría loco por ti; eres mi tesoro más frágil; si volviera a nacer querría ser tú; eres dura y tierna como la montaña, quédate conmigo; eres distinta a todo el mundo…
Las escupo, las vomito, las fusilo y las entierro. Porque no soy distinta a nadie. Porque no soy especial. Porque no quiero que me necesiten ni vivir con el peso de no fallar a otros. Bastante me pesa no fallarme a mí misma. Porque los condicionales (si te hubiera, si volviera…) nunca he sabido conjugarlos. Porque me sobra todo y me sobro yo misma. Porque me falta tanto y me falto tan a diario.
Porque no soy perfecta. Y estoy harta de que nadie se dé cuenta…
20/06/2007
HASTA QUE TE HAYAS IDO

Ilustración: Lovers (Ivan Koulakov)
Hoy no soy piel. Soy carne.
Hoy no soy caricia. Soy arañazo.
Hoy no soy beso. Soy mordisco.
Hoy soy puro instinto. Deseo. Capricho. Sed. Hoy tengo perversión en la mirada.
He mandado al Infierno mi alma y el corazón a la Antártida. No quiero que regresen hasta mañana. Hasta que te hayas ido. Hasta que te hayas quemado. Hasta que nos hayamos ahogado…
Hoy no busques mi cuello porque está ausente. Hoy sólo soy garganta.
Hoy no quieras mis labios porque sólo soy lengua.
Hoy no pienso abrazarte. Hoy te voy a cercar, a envolver, a ceñir…
Caerás en la emboscada de mi cuerpo y te envenenaré con el pecado de mi saliva. El final de mi espalda será el principio de tu condena y mi pecho será el abismo desde el que caerás hasta mi ombligo.
No habrá palabras pero el silencio se hará sonido. Eco. Rumor. Susurro. Gemidos.
No habrá colores pero la luz se teñirá de rojo. Calor. Fuego. Sudor. Brasas.
Hoy no tendrás que intuirme ni adivinarme. Hoy estoy desnuda, despojada de reflejos melancólicos, descalza de ternura, desprovista de recuerdos.
Hoy le di al amor el día libre y le he pedido que no vuelva hasta mañana.
Hasta que te hayas ido…
16/06/2007
TIEMPOS MUERTOS

Ilustración: Tired (Ivan Koulakov)
Pasa y, al pasar,
muestra a todos la verdad.
Y por no parar
vive la inmortalidad.
Amo el tiempo y su elasticidad.
(“Palabras” - Antonio Vega)
El tiempo es como ese viento que barre las hojas secas de las aceras. Que las revuelve y les arrebata la voluntad. Que las domina y convierte en frágiles fantoches, sin el amparo ya de los robustos troncos que las protegían.
Los recuerdos son hojas secas. Arrancados de la memoria, el tiempo juega con ellos y los vuelve quebradizos. Nada hay más ambiguo que el tiempo, persistente y huidizo, añejo e inmaduro, lejano e inminente… Nada hay más obstinado que el tiempo.
El tiempo es un ladrón que afana recuerdos para revenderlos como olvidos. Es una niebla espesa que nubla la retina de las nostalgias para cegarlas con amnesias. El tiempo todo lo cura a fuerza de diluir nuestras huellas para que no reconstruyamos caminos.
Y juega a ser ese dios del que habla la gente que maneja destinos y reparte arbitraria y caprichosamente segundas oportunidades.
El tiempo ha querido despojarme del tacto tenue de tus manos. Me está arrebatando el sabor agridulce de tus labios, el abismo de tus miradas polisémicas, la cadencia de tu voz en la orilla de mi cuello y el rumor de tus silencios al borde de mis desafíos. A cambio, y como favor personal, me ha vendido muy baratas soledad, ausencia y melancolía.
Pero el viento, ese que barre las hojas secas de las aceras y las convierte en frágiles fantoches, me arrancó de las manos, del corazón, de las entrañas, el manual de instrucciones.
10/06/2007
DESHABITADA

Ilustración: Tormenta (Susana Weingast)
El cielo no existe. Es un lienzo gris, sucio, vacío…
Empezó a llover con rabia, con el descaro de los rebeldes, y el cielo desapareció.
Abrí la ventana. Dejé que entrara la noche. Dejé salir al insomnio. El salón se convirtió en una concurrida reunión de viejos conocidos que iban y venían empujados por la tormenta, por su brisa mojada, por los truenos. La ansiedad, la tristeza, las soledades prestadas, el miedo adoptado, las miradas retenidas, las nostalgias incurables, los sueños alquilados, los recuerdos vagabundos…
Invadido mi espacio. Obligada a ejercer de perfecta anfitriona de unos imperfectos invitados. Cansada. Lejana. Con el corazón alienado. Con las ganas desahuciadas. Deshabitada y renegada.
La noche, más gris que nunca, entraba por la ventana. Y yo sólo podía mirar los tejados. Con los ojos enquistados de lágrimas que ya no quiero derramar. Con las ojeras llenas de insomnios que cantan tic tac, tic tac, como un arrullo ensordecedor.
Cerré la ventana. El silencio canceló la fiesta. Me quedé vacía de nuevo. La noche se quedó fuera. Con su tormenta. Con su descaro. Con sus tejados. Con su olor a amores añejos…
Y yo, despacio, pesadamente, arrastré mi soledad hasta la cama y me acurruqué junto a tu hueco vacío.
Junto a tus brazos ausentes…
06/06/2007
LO QUE NO SABES

Ilustración: Kiss Under The Moon (Ivan Koulakov)
Dices que te cuesta entenderme. Que es difícil a veces estar a mi lado. Que me pierdes por momentos y no sabes por dónde empezar a buscarme...
Y lo sé. Yo sé todo eso. Y soy todo eso. Y más. Soy mucho más de lo que intuyes y mucho menos de lo que sabes. Pero no puedo explicártelo.
Lo que no sabes quizás es que me alejo de la orilla de tus manos para ahogarme en los vacíos líquidos de tu mirada. No sabes que mis silencios son la voz con la que mis miedos te gritan y que los besos que a veces no entiendes son las lágrimas que no derramo. Mis despedidas, repentinas e inesperadas, sólo son disfraces de mi fragilidad. Pero tú no lo sabes. No debes saberlo. Y yo… no puedo explicártelo.
A veces, cuando me deshago bruscamente de tus abrazos, no puedes saber que sólo estoy tratando de recuperar el equilibrio. Que envuelta en ti siento muchas veces que me caigo y que me roza el aliento de la locura. A veces también, cuando te abrazo y el tiempo se diluye en nuestras pieles, no puedes saber que sólo estoy tratando de ocupar el espacio que en realidad le corresponde a la soledad. A la mía. Pero también a la tuya. Pero no quiero que lo sepas. No puedo explicártelo.
No quiero que sepas que podría encontrar cada uno de tus lunares con los ojos cerrados, y que tus labios sobre mi cuello me desbordan el deseo. No quiero que sepas que le he puesto tu nombre al futuro y he llenado los espejos con tu mirada.
No puedo explicarte cómo soy ni de qué estoy hecha. No puedo hablarte de mis ausencias, de mis temblores, de mis dudas, de mis vacíos, de mis sombras…
Porque… ¿qué pensarías entonces? ¿qué sentirías si supieras, si descubrieras un día, que soy capaz de amarte?
28/05/2007
ASUSTADA

Ilustración: Mujer Ante El Espejo (Patricio Esteve García)
No me asusta la muerte porque he vivido en ella muchas veces. Conozco sus abrazos negros y el silencio de sus ojos. La muerte es previsible, invariable y rotunda. Su honestidad es su valor más trágico. No cambia nunca de bando ni tiene disfraces. Su franqueza es transparente. Con ella no hay medias verdades ni dudas razonables.
No me asusta el silencio porque es mi lengua materna. Conozco la sintaxis de las miradas y los gestos y la fonética de los suspiros. El silencio me protege de los miedos, las ausencias y los corazones indolentes.
No me asusta la noche porque nací de ella. Conozco el sabor de sus insomnios y el color de sus ojeras, el perfil de sus sombras y la silueta de sus pesadillas. Su presencia indeleble le da cobijo a mis lágrimas y adopta mis tristezas.
No me asusta la soledad porque me casé con ella. Conozco la caricia de sus nostalgias y los vacíos de su mirada. Aprendí a entender sus monólogos y a respetar sus indiferencias.
Lo que me asusta es el ruido. La confusión. Las voces. La incertidumbre. Los días. La luz. El amor. Las sonrisas. Los colores. Las manos. Las distancias. La música. Los sueños.
Lo que me aterra de verdad es la vida…
28/04/2007
DESENCUENTROS

Ilustración: La Lucha (Jacqueline Kleine)
Sé que es la peor de todas las opciones, no lo dudo. A veces, no le des más vueltas, es sólo eso, que me gusta jugar a perder. Asumo los riesgos. Conozco las reglas. Y me pierdo…
Me pierdo en el fondo de todas las miradas vacías que me rodean y me pierdo en todos los abrazos huecos de amantes posibles y amigos imposibles. Me dejo caer en cada palabra sin sentido que se diluye entre decenas de labios que no sienten y me escondo detrás de las medias verdades y las mentiras rotundas. Y juego. Estas son mis reglas. Las demás, las tuyas, las suyas… no me interesan.
Me pierdo durante instantes que el reloj no puede atrapar detrás del cristal etílico de la inconsciencia. Me pierdo en la parte trasera de las noches rotas, de los sueños liados en un papel que me devuelven el olor a olvido. Me confundo entre las voces con que se disfraza la locura y el mundo, así, se vuelve un lugar más pequeño, más doméstico. Menos fiero…
Me rompo… Me rompo cien veces en mil pedazos que se clavan en las suelas de los zapatos, que ruedan hasta caer en el fondo de las alcantarillas que soportan silenciosas nuestros pasos. Me rompo antes de que lleguen y después de que se vayan para no salpicar sus biografías con mis epitafios. Y desaparezco… Desaparezco antes de que alguien quiera jugar a reconstruir corazones y memorias.
Sé que es la peor de todas las opciones, no lo dudo. Pero no me juzgues así. No me mires buscando en el fondo de mis ojos aquellos ojos en los que te mirabas. No le arranques palabras a mis labios buscando la voz que ayer te susurraba.
Sé que es la peor de todas las opciones. Pero no me culpes a mí porque es la única que aprendí de ti.
21/04/2007
MEMORIAS ENREDADAS

Ilustración: Caricia de un Sueño (María Amaral)
Perdóname si hoy besé con excesiva dulzura tus labios. Tenía en los míos el recuerdo de un sabor pasado. Perdóname por abrazarte con tanta ternura y quedarme pegada a tu abrazo durante unos instantes más de los necesarios. Tenía en mis brazos el recuerdo de una piel ajena a la tuya. Hoy también ajena a la mía. Perdóname por mirarte así como lo hice, tan en silencio, tan al desnudo, tan en penumbra... Tenía en mis ojos un reflejo casi apagado de otra mirada aún más oscura.
Cuando me mordiste con suavidad el hombro no podías saber que me estabas arrancando un pedazo de memoria enredada entre mis venas. Por eso se me escapó un tímido lamento, un fugaz quejido desde lo más profundo de mi garganta. No podías saber que tus dedos deslizándose entre mi pelo me estaban devolviendo a un sueño que pensé que ya no me pertenecía.
Perdona que no haya podido mirarte después de hacer el amor. Guardaba en mis pupilas la imagen de otro cuerpo desnudo recostado junto a mí. Junto a mis dedos que no se cansaban de recorrerlo y que siempre encontraban un camino nuevo para llegar a sus labios. Sus labios que siempre escribían sobre mi espalda los buenos días o que se deslizaban por la pendiente de mi pecho buscando el lago que se escondía en mi ombligo. Mi ombligo que era siempre la llave que dejaba mi cuerpo expuesto a su voluntad. Su voluntad que siempre empezaba y acababa en uno de tantos besos que me robaba. Sus besos… Sus besos, los que guardaban todos sus secretos. Los que me contaban a veces, cuando él no miraba, cómo hablar con sus silencios. Los que sabían a soledades antiguas adheridas a la piel, a pasados que ahogaban los presentes, a dolores ajenos que sabían como propios, a miedos que blindan el corazón contra amores invasores. Sus besos… que nunca llegó a saber que un día dejaron de ser suyos.
Perdóname por hacerme invisible de pronto bajo mi silencio y arañarte con mi soledad cuando intentaste acariciarme. Aún me duelen las marcas que otra soledad dejó sobre mi piel escondidas bajo los lunares. Esos que tú dices que son sexys. Perdóname por escapar de ti sin un beso de despedida, sin ofrecerte alternativas, sin prometerte mañanas. Por hundirte en mi confusión y dejarte sólo las huellas de mis recuerdos en tu cama.
Perdóname, por favor, perdóname por no quererte como mereces. Por no poder quererte como merezco…
13/04/2007
DOS POR CERO

Ilustración: Sin Título (Nicoletta Tomas)
Pensaba en la tabla del dos mientras miraba discretamente las mesas que me rodeaban. Parejas, todo parejas. De compañeros de trabajo, de amigos, de amantes… de todas las posibles versiones de pares que puedan existir en el mundo. Dos por uno, dos; dos por dos, cuatro; dos por tres, seis… La cabeza se bloquea repentinamente. La capacidad matemática no es lo mío, ya se lo decían a mis padres los psicólogos que en el colegio nos hacían pasar anualmente los tests. Así que en lugar de continuar con la secuencia numérica lógica, mi cerebro empieza a emitir por sí solo, sin recibir mis órdenes, cifras sin conexión. Dos por cero, cero; dos entre dos, uno; dos menos dos; cero…
Una pareja se besa distraídamente dos mesas más allá. Otra, más alejada, habla en voz baja mientras él acaricia suavemente la mano de ella. La camarera pestañea coquetamente a su compañero tras la barra. Y yo, disimulo pasando las hojas del periódico sin mirarlas.
Una mujer de unos cuarenta y tantos entra en la cafetería. Sola, con un paraguas en una mano, el periódico en la otra y un bolso marrón colgado del hombro. Se detiene unos instantes en la puerta y mira a su alrededor como si buscara a alguien. Se cambia el periódico de mano y se atusa un poco el pelo. Después, con lentitud, se sienta en una mesa vacía, cerca de la puerta, sin dejar de inspeccionar el lugar. Yo la inspecciono a ella. Cabello castaño oscuro salpicado por algunas canas, media melena, peinado de peluquería, abrigo verde, carmín rojo oscuro como único maquillaje y ojeras bastante pronunciadas. Mira hacia la barra y frunce el ceño. Los dos camareros siguen con su ritual de galanteo sin percatarse de la nueva clienta. Y ella, de alguna manera que sólo parezco percibir yo, siente pudor a romper ese momento, y decide esperar a que la atiendan cuando acaben con sus juegos.
Miro a la calle a través de la ventana. La cafetería está enfrente de una embajada y su puerta es custodiada veinticuatro horas al día por una pareja de la Guardia Civil. Dos. De nuevo, dos. Charlan entre ellos sin gran entusiasmo. Podrían estar hablando del tiempo, de las horas extras que les deben, de los cigarros que se han fumado durante la guardia… A pocos metros de ellos, una peluquería, otra cafetería, una farmacia y una librería. Siempre que paso frente a ellos me impresiona esa imagen. Sus charlas intrascendentes mientras sostienen las metralletas en la mano. Supongo que la rutina puede convertir cualquier cosa en costumbre. Y acostumbrarse es lo mejor que sabe hacer el ser humano.
La mujer del paraguas parece estar acostumbrada a esperar. De su bolso saca una pequeña libreta y comienza a escribir. De vez en cuando, mira furtivamente hacia la barra, y sigue escribiendo. Y aunque está lejos de mí, puedo escuchar su corazón latiendo a mil por hora y sentir la humedad de las lágrimas que tiene atravesadas en la garganta. Sus ojeras me hablan de cien noches con mil horas cada una y de tiempos muertos frente a una ventana por la que nunca pasa nadie. Puedo ver, debajo de su abrigo verde, un alma hecha un ovillo, hambrienta y temblorosa, que se agarra con los dientes a la piel.
El camarero se acerca por fin a ella. Y la mujer levanta la vista y le sonríe a medias, tímida, casi como si le pidiera perdón por obligarle a cumplir con su trabajo. El camarero da media vuelta y regresa a la barra. La mujer se atusa el pelo de nuevo y cierra la libreta. La guarda en el bolso y abre el periódico. Y me doy cuenta entonces de que no lo está leyendo, de que está haciendo lo mismo que yo. Pasar las páginas sin mirarlas. Es entonces cuando siento el grito de su soledad en mis oídos. Cuando el zumbido del vacío me retumba en la cabeza. Cuando cientos de imágenes veladas pasan como un tren ante mis ojos. Y siento que mi futuro está tomándose un café unas mesas más allá, vestido con un abrigo verde, con carmín rojo oscuro en los labios, un bolso marrón y un paraguas.
Recojo mis cosas, el periódico, el libro, el cuaderno, y me levanto. Se me cae el periódico al suelo. Siento calor y siento que quiero salir de allí cuanto antes. Miro a través de la ventana y veo que el cielo ha empezado a descargar lluvia de nuevo. Me despido de los camareros dándoles las gracias y camino hacia la puerta. Mi futuro sigue allí sentado, con el periódico abierto sobre la mesa y ruego para que no levante la vista a mi paso. Pero lo hace, justo en el momento en el que alcanzo la puerta, me mira. Y yo también la miro. Y no sé qué ve en mis ojos y qué veo yo en los suyos que nos sonreímos. Tímidamente, casi pidiéndonos perdón. Y salgo de allí como el que sale a la superficie después de pasar mucho tiempo bajo el agua. Camino con prisa, con la lluvia mojándome la cara. Y sigo viendo sus canas, sus ojeras, su soledad, su resignación, su renuncia… Y me angustia el espejo de sus ojos y de su sonrisa apagada. Y me sigo mojando. Y me cruzo con gente con paraguas que me mira.
Pero de pronto, recuerdo y sonrío. Y respiro profundamente, y siento alivio.
…Yo nunca llevo paraguas.
08/04/2007
A FLOR DE PIEL
A menudo he pensado en estos últimos años que la tristeza era, no tanto un estado de ánimo, sino un rasgo de personalidad. Cuando parece que se va a quedar para siempre contigo y en todos los recuerdos recientes que tienes ella está presente, empieza a formar parte de tu vida y tus costumbres. Y empiezas a aceptarla como algo propio, inherente a ti, a tu piel.
Odio la autocompasión, la propia y la ajena. Siempre he intentado estar lo más alejada posible de ella, darle la espalda, no mirarla nunca directamente a los ojos, no escuchar cómo susurra a veces con falsa dulzura al oído. Aprendí siendo muy pequeña, probablemente por mis circunstancias familiares, que la autocompasión es una mochila pesada que te impide caminar erguido, que te obliga a mirar siempre hacia el suelo y que el final de su camino es siempre un abismo. Aprendí, a veces a la fuerza y a veces de manera mecánica, muchas más cosas siendo muy pequeña. Cosas de mayores, de esas que la vida te va enseñando cuando ya has superado ciertas etapas, de esas de las que los padres nos protegen hasta que se nos considera adultos, de esas que cuando somos adultos tememos o evitamos… Aún así, creo que conseguí ser niña también y disfrutar de todo lo que la infancia tiene de mágico y dulce.
Quizás todo empezó más tarde, cuando llegó el momento de empezar a aprender por uno mismo lo que la vida te enseña. Cuando todos comienzan a mirar el mundo con el color de sus propios cristales y descubren todo aquello de lo que de pequeños se le había protegido. Ahí me quedaba yo, mirándoles desde mi anticipada madurez, a través de mi excesiva responsabilidad, sin sorprenderme nada de lo que a ellos les dejaba con la boca abierta.
El pasado es algo siempre confuso y desconcertante en mis recuerdos. El presente siempre ha sido un tiempo incómodo y aburrido para mí. El futuro es el lugar donde me siento cómoda. Pero nunca llega. El presente siempre lo devora…
Cuando la vida se convierte en algo previsible, en una simple sucesión de horas y autoengaños, en momentos repetidos sin ninguna alteración y te fuerzas a ti misma a seguir buscando algo diferente que no llega, algo desconocido que te remueva las entrañas, algo que haga que las noches sean diferentes a los días… cuando todo eso ocurre desde hace tanto tiempo, a veces te agotas, te cansas de luchar y sientes las irrefrenables ganas de dejarte llevar por la autocompasión y acercarte a ese abismo que siempre espera al final de ella. ¿Podrían acusarme de traidora por ello? ¿Podría mi naturaleza soportarlo? Nunca lo he comprobado…
Quizás es este el origen de mi tristeza casi eterna y pegadiza. Quizás resulte extraño descubrir que mi fuerza es mi tristeza y que es ella la que me aparta cada día del abismo. Que es su compañía la que me evita caer rendida y la que me empuja a seguir caminando erguida. ¿Puede algo tan doloroso ser tu mejor defensa?
01/04/2007
SOBREVIVIR

Ilustración: Villa Imaginaire I (Lucemar de Souza)
Ya no vale. No es suficiente ahora lo que antes fue bastante. Ya no valen los trucos que me enseñaron de pequeña para aprender a ser mayor. Para vivir inconsciente en la burbuja amarga del mundo y hacer lo que todos hacen sólo porque es lo único que está permitido hacer.
Una vez me dijiste, a través de tu sonrisa nocturna, que el mayor acto de generosidad es el egoísmo. Recuerdo que entonces te rocé con mis ojos para no contagiarme de tu escéptico discurso. Hoy te devoraría con la mirada… Me tragaría sin masticar esas palabras sentimentalmente incorrectas que escribí